Comentario – Miércoles IV de Tiempo Ordinario

Mc 6, 1-6

Jesús volvió a «su patria», siguiéndole los discípulos. 

Llegado el sábado se puso a enseñar en la sinagoga.

He aquí pues a Jesús de nuevo en Nazaret. La costumbre quería que se invitase a un hombre a leer y comentar la Escritura. El jefe de la sinagoga confía este papel a Jesús, el antiguo carpintero del pueblo. Marcos no nos dice cual fue el tema de la homilía que hizo Jesús este día, pero señala solamente el asombro y la incredulidad de los oyentes.

El numeroso auditorio se maravillaba diciendo: «¿De dónde le vienen a este tales cosas, y qué sabiduría es ésta que le ha sido dada, y cómo se hacen por su mano tales milagros? 

¿No es acaso el carpintero? ¿EI hijo de María y el hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?» Y se escandalizaban de El. Marcos da la lista de los primos y primas de Jesús. A la moda oriental, les llama «hermanos» y «hermanas».

Jesús vuelve a encontrarse pues en su medio ambiente y en su familia. Como Marcos ya nos ha hecho notar (Mc 3, 20-25), Jesús es mal visto por ellos. Pero, más netamente que entonces, tiene una nueva familia: sus discípulos, los que escuchan la Palabra de Dios, los que tienen fe en El.

Jesús les decía «Ningún profeta es tenido en poco, sino en su patria y entre sus parientes y en su familia.» Y no pudo hacer allí ningún milagro, fuera de que a algunos enfermos les impuso las manos y los curó. 

Esta imposibilidad de hacer milagros, no viene de que no tenga ya poder para ello… sino que se relaciona con la falta de Fe. El milagro supone la Fe. Pero no se trata de una condición, como si la confianza del enfermo condicionara el éxito de su curación. De hecho, es que el milagro ya no tendría ninguna significación: La fe es necesaria para comprenderlo, para recibirlo.

Y se admiraba de la «incredulidad» de aquellas gentes. 

He aquí a Jesús frente al problema de la incredulidad.

Tenemos a veces la impresión de que es un fenómeno moderno: ahora bien, Jesús se encontró confrontado también a la incredulidad.

Tenemos a veces la impresión de que la incredulidad proviene de una falta de la Iglesia -«ya no se enseña religión… ya no se hace catequesis»- ahora bien cuando Jesús en persona enseñaba, y en su propio pueblo, no lograba hacerse comprender, ¡Qué misterio!

Con toda la calidad de su palabra, se encontraba delante de gentes que no tenían Fe.

¡Cuántos padres hoy se encuentran ante el mismo fenómeno, por parte de su propios hijos! Pues bien, recordemos que el mismo Jesús ha tenido incrédulos en su propia familia!

Señor, quiero hacer mi oración a partir de aquí.

Se admiraba… 

Sí, Jesús está sorprendido, extrañado de esta incredulidad.

Fue ya su reacción, en el lago, con sus discípulos, durante la tempestad: «¿por qué tenéis tanto miedo?, ¿todavía no tenéis fe?» Tu «admiración», tu extrañeza, Señor, me hacen bien: me manifiestan al menos que tú estás seguro, Señor, de lo que enseñas, de lo que Tú eres… Estimo esta seguridad, esta «sabiduría que te ha sido dada», como decían tus compatriotas de Nazaret. Pero, Señor, te lo ruego humildemente, comprende nuestras incredulidades, nuestras dificultades para creer: ¡va muy lejos la Fe! Llega hasta tener que reconocer que tú tienes el poder de resucitar a los muertos. Y es natural que digamos a veces también «por qué molestar aún al maestro, por la niña muerta.

Gracias, Señor. Es difícil… pero quiero creer en Ti.

Noel Quesson
Evangelios 1

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