Comentario – Domingo IV de Pascua

(Jn 10, 27-30)

Cuando Jesús dice que él da la vida, a veces indica que él entrega su vida en la cruz por nosotros, pero otras veces se refiere a la vida sobrenatural, a la vida de la gracia que él derrama en nuestros corazones para purificarnos, para santificarnos, para liberarnos, para hacernos alcanzar el verdadero gozo, la verdadera paz, la verdadera vida que él quiere que vivamos.

Pero a partir del v. 30 Jesús muestra que él no es simplemente un pastor más, un pastor humano, sino que es Dios, uno con el Padre. En realidad, si leemos Ezequiel 34, 11-12, allí Dios había anunciado que él mismo sería el buen pastor de su pueblo. Jesús es ese Dios que viene a cumplir su promesa para ser el buen pastor de su pueblo maltratado, para darle vida abundante.

Esto no niega que pueda haber pastores humanos que Jesús utiliza como instrumentos para llegar a sus ovejas. Así lo leemos en 1 Ped 5, 2-4, donde se invita a los dirigentes de las comunidades a comportarse como verdaderos pastores, sometidos al supremo pastor, que es el verdadero dueño de las ovejas. También en Hechos 20, 28 se llama «pastores» a los que guían la comunidad, pero se les recuerda que la Iglesia es propiedad de Dios, que la compró con la sangre de Cristo.

Todos en alguna medida somos pastores de los demás; un padre es pastor de sus hijos, un maestro es pastor de sus alumnos, y también de alguna manera somos pastores de nuestros amigos y parientes. Estamos llamados a cuidarnos unos a otros. Pero siempre recordando que el Pastor es sobre todo Jesús; él es el dueño de los corazones, él es el único Señor.

Oración:

«Jesús, mi Señor y mi Dios, te adoro a ti, que me pastoreas con amor humano, con la ternura de tu corazón de carne, pero también con tu infinito amor divino. Te adoro a ti, mi pastor divino, que me sostienes con tu infinito poder y le das sentido a mi vida».

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día