¡Nuevo!

En general a las personas nos atrae lo nuevo. Como explica la psicología, nuestro cerebro está diseñado para prestar más atención a los nuevos estímulos que a los que ya nos son familiares, porque nos acostumbramos a “lo de siempre” y necesitamos algo diferente. Y de esto se aprovechan para incitarnos al consumo. Periódicamente encontramos en comercios, en publicidad, etc. la palabra: “¡Nuevo!”, referida a productos de todo tipo, muchos de ellos de uso cotidiano. A menudo, estos productos apenas se diferencian de los anteriores, sólo son “nuevos” en un aspecto, pero esto ya es suficiente para captar nuestra atención y que deseemos adquirirlo.

Sabemos que un peligro que corremos, como dijimos en Semana Santa, es acostumbrarnos a los gestos, signos y símbolos de nuestra fe, incluso a la Palabra de Dios. Como siempre han estado ahí, como siempre los hemos tenido cerca, como los vemos tan a menudo, hemos dejado de captar su significado, ya no “nos dicen” nada, no nos “estimulan”.

Quizá nos está pasando lo mismo con el tiempo de Pascua: llevamos ya cuatro semanas y ya nos hemos acostumbrado de tal modo que ni siquiera nos fijamos en el Cirio Pascual y lo que representa. Por eso hoy el Señor nos ha dado un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros.

Pero podemos preguntarnos si el mandamiento del amor es realmente algo nuevo. Sabemos que el amor forma parte de la condición humana y, con diferentes modos de manifestarse, siempre ha estado presente en las relaciones humanas, está en nuestra vida. Incluso desde el punto de vista de la fe, sabemos que Dios es amor y que hemos sido creados a Su imagen, por lo que ese amor debe reflejarse en nuestra vida y acción. Por tanto, ¿por qué Jesús llama “nuevo” a lo de siempre?

Lo nuevo está en el matiz que ha añadido: como yo os he amado. Jesús, como hombre verdadero y Dios verdadero, con sus palabras y obras, con su Pasión, Muerte y Resurrección, imprime al amor un carácter nuevo, y que siempre será novedad, porque va mucho más allá de lo humano. Sólo tenemos que repasar algunas de las características del amor que Jesús vivió y enseñó:

Es un amor gratuito, que da el primer paso, que no espera reciprocidad, que no pone condiciones.

Es un amor a todos, a los “míos” y a los “extraños”, a los conocidos y a los desconocidos, a los que me caen bien y a los que no, incluso a los enemigos.

Es un amor abierto, sin fronteras ni físicas ni afectivas, misionero, que se anuncia y propone más allá del círculo de mi familia, amigos y parroquia, asociación, movimiento o grupo, como hicieron Pablo y Bernabé, en la 1ª lectura, viajando a Pisidia, Panfilia, Perge, Atalía…, porque ¿qué amor es ese que no siente la necesidad de hablar del ser amado, de mostrarlo, de hacerlo conocer? (EG 264)

Es un amor entregado hasta el extremo (Jn 13, 1), no está limitado a un tiempo, no es un voluntariado, sino que implica a toda la persona en todo momento, en un servicio “24/7”.

Es un amor concreto, en acción, no se queda en teorías y bellas palabras sino que se compromete sobre todo con los últimos, que enjuga lágrimas, que acompaña en el dolor, para anticipar el cielo nuevo y la tierra nueva, como hemos escuchado en la 2ª lectura.

Con esta forma de vivir el amor, Jesús hace nuevas todas las cosas. Por eso, el amor “de siempre´”, si lo vivimos como Él nos ha amado, siempre será nuevo, siempre nos aportará novedad.

¿Me atrae lo nuevo, me gusta renovar lo que forma parte de mi vida cotidiana? ¿Me he acostumbrado a lo que forma parte de la fe cristiana? ¿La Pascua está siendo una novedad para mí? ¿Cómo vivo el mandamiento del amor? Si me confronto con el amor que Jesús vivió y enseñó, ¿qué semejanzas y diferencias descubro? ¿Qué debo cambiar para amar como Él nos ha amado?

Hoy el Señor, ante el peligro de acostumbrarnos a “lo de siempre”, incluso a Él, nos propone el mandamiento nuevo: como yo os he amado, amaos también unos a otros. Si en general nos atrae lo nuevo, pidámosle que sepamos descubrir lo nuevo que este mandamiento nos aporta para hacer nuevas todas las cosas y así cumplirlo, no por obligación, sino como dice el Papa Francisco, como respuesta a su amor, donde se destaca, junto con todas las virtudes, aquel mandamiento nuevo que es el primero, el más grande, el que mejor nos identifica como discípulos (EG 161).