Comentario – Martes VI de Pascua

Jn 15, 5-11

Voy al que Me ha enviado… Voy al Padre…

Jesús está a pocas horas de su muerte. El lo sabe. Lo ha dicho. Lo comenta así.
Es para El algo muy simple, como un «retorno a casa». Sé a donde voy… Alguien me espera… Soy amado… Voy a encontrar a Aquel a quien amo…

Dejo resonar en mí estas palabras.

Pensando en mi propia muerte, son también estas palabras las que he de repetir después de Jesús y con El. Paz. Certidumbre. Gozo íntimo.

Ninguno de vosotros me pregunta «¿A dónde vas?»

Atmósfera de partida. Como cuando en el andén del tren o en el aeropuerto, se abraza a un ser querido que se va por mucho tiempo.

Antes porque os hablé de estas cosas, vuestro corazón se llenó de tristeza.

Mientras Jesús estaba con ellos, era una «Presencia» reconfortante. El anuncio de su partida ahoga cualquier otra reflexión. Más tarde, quizá, llegarán a dominar su tristeza porque comprenderán la «significación» de esta partida: el retorno de Jesús al Padre, el paso a la Gloria del Padre, origen de la efusión abundante del Espíritu.

Pero os digo la verdad: os conviene que Yo me vaya. Porque si no me fuere, el Espíritu Santo, el Defensor, no vendrá a vosotros; pero si me fuere, os le enviaré.

Cada uno puede probar de entender estas frases misteriosas. He aquí un intento de explicación.

Durante su estancia en la tierra Jesús ha sido una «Presencia» visible de Dios. Pero esta Presencia, tan útil para nosotros, seres corpóreos y sensibles, era al mismo tiempo, una pantalla, un límite: a causa de su humanidad, a causa de su cuerpo, Jesús estaba «limitado» a un tiempo y a un lugar. Y era consciente de ello: «os conviene que Yo me vaya». Enviando al Espíritu, Jesús es consciente de multiplicar su Presencia: el Espíritu no tiene ningún límite, puede invadirlo todo «Oh Señor, envía tu Espíritu para que renueve la faz de la tierra».

El Espíritu, es la Presencia «secreta» de Dios… después de la Presencia «visible» que ha sido Jesús.
Pero el «tiempo del Espíritu» es también el «tiempo de la Iglesia». Es la Iglesia, somos nosotros, los que hemos venido a ser el Cuerpo de Cristo, su «visibilidad»… con todo lo que esto comporta de «límites» y de imperfecciones… pero también con esta certeza de que el Espíritu está aquí, con nosotros, animando siempre el Cuerpo de Jesús.

Y en viniendo éste, argüirá al mundo de pecado, de justicia y de juicio.

Mañana por la mañana, ante el Gran Consejo de la Sinagoga, y ante el Gobernador romano, Jesús será «condenado»… y todas las apariencias irán contra El: podrá creerse que no era mas que un impostor y un blasfemo, y que después de todo recibió el castigo merecido por su pecado, por su osadía en decir que era Hijo de Dios y que destruiría el Templo. Pero he aquí que la situación se invertirá: el mundo será condenado, y Jesús será glorificado.

Y el Espíritu Santo vendrá para convencer, interiormente, a los discípulos de que Jesús no es el «vencido», el «pecador”, sino el vencedor del mal; el muy amado del Padre.

Noel Quesson
Evangelios 1