Poner el grito en el cielo

Todos sabemos lo que es gritar: levantar la voz más de lo acostumbrado. Y un grito es la expresión proferida al levantar la voz. Si nos detenemos a pensar, gritamos en diferentes circunstancias: cuando nos llevamos un susto, cuando sentimos enfado o ira, cuando nos llevamos una gran sorpresa o alegría; cuando queremos que nos presten atención, cuando protestamos en una manifestación, cuando nos vemos en peligro y queremos ayuda… Y también decimos que alguien “pone el grito en el cielo” cuando clama en voz alta, quejándose vehementemente de algo. Y aunque el sentido religioso de esta expresión hoy en día no se tenga en cuenta, ese grito “se pone en el cielo” para significar que sólo de ahí se espera la ayuda, no de las personas o instituciones.

En el Evangelio hemos contemplado a una persona que se queja vehementemente de algo. Es alguien conocido, con nombre y apellidos: el ciego Bartimeo (el hijo de Timeo). Una persona que se queja por su situación: es ciego y estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Pero Bartimeo no se queja “al vacío”: Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: Hijo de David, ten compasión de mí. Bartimeo está “poniendo el grito en el cielo”, porque al dirigirse a Jesús como hijo de David, está utilizando una expresión referida al Mesías esperado, y sabe que sólo de Él puede venirle la ayuda que necesita, y por eso, aunque muchos le regañaban para que se callara, él insiste y gritaba más.

Y al poner su grito “en el cielo”, su queja es atendida, pero no de un modo mágico o automático. Bartimeo necesita ayuda, pero no por eso es un sujeto pasivo. Jesús quiere que se implique activamente y por eso entabla con él un diálogo: Llamadlo… Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús… ¿Qué quieres que haga por ti?… Maestro, que pueda ver… Y tras ese diálogo, en el que queda patente que Bartimeo cree que realmente Jesús puede ayudarle, que sólo Él puede sanarle, el Señor le responde: Anda, tu fe te ha curado. Y Bartimeo recobró la vista y lo seguía por el camino. Hoy son muchas las personas que gritan, que claman en voz alta quejándose por diferentes motivos. Personas que seguramente conocemos, con nombre y apellidos, que necesitan ayuda… quizá seamos nosotros mismos los que gritamos. Pero nosotros, como Bartimeo, debemos hacerlo “poniendo el grito en el cielo”, dirigiéndonos a Jesús como el único capaz de atender nuestro grito.

Dentro de la nueva evangelización, nosotros debemos transmitir que los gritos de la humanidad sufriente no resultan estériles o se quedan en el vacío, sino que son escuchados por Dios. Nosotros debemos vivir y transmitir que hoy, ante tantas “cegueras”, situaciones de dolor, sufrimiento e injusticia, aunque pretendan que nos callemos, debemos como Bartimeo seguir gritando más al cielo. En este Año de la Fe, debemos vivir y transmitir que Jesús es verdaderamente el Hijo de Dios, el Cristo, y por eso sólo en Él debemos poner nuestra fe y nuestra esperanza. Debemos vivir y transmitir que Jesús, si alguien “pone el grito en el cielo”, también va a decirle: Llamadlo; que también desde la fe se iniciará un diálogo: ¿Qué quieres que haga por ti? Y ya no necesitaremos gritar.

Y Cristo, por la fe en Él, nos hará “recobrar la vista”, nos hará contemplar la misma realidad pero desde su perspectiva, con su mirada, ya no con angustia sino con esperanza. Y también debemos vivir y transmitir que después debemos hacer como Bartimeo y seguirle por el camino de la vida.

¿Cuándo fue la última vez que grité? ¿Por qué motivo? ¿Qué personas que conozco también “están gritando”? ¿En qué ocasiones “he puesto el grito en el cielo”? ¿Lo he hecho consciente de estar dirigiéndome al Señor, poniendo en Él mi esperanza? ¿Qué respondería a la pregunta: «¿Qué quieres que haga por ti?»? ¿La fe en Cristo me hace “recobrar la vista? ¿Cómo es mi seguimiento del Señor?

En este Año de la Fe pongamos hoy nuestro grito en el cielo, el nuestro y el de tantos que tienen la impresión de estar gritando al vacío porque no conocen a Cristo. Dentro de la nueva evangelización, el Señor nos sigue diciendo: Llamadlo. Acerquémonos y acompañemos a otros para que también se acerquen a Él con confianza, y desde la oración sincera respondamos a su pregunta: ¿Qué quieres que haga por ti? Y dejemos que Él nos haga “recobrar la vista”, y volvamos a nuestra realidad siguiéndole por el camino de la vida, con la certeza de que Él siempre nos acompaña.