Is 52, 7-10

El texto en su contexto.

Este oráculo de Isaías se sitúa en la promesa de la restauración de Jerusalén. El contexto histórico no es ya la amenaza de destrucción del reino del Sur (Isaías del siglo VIII) sino el pueblo esclavo y deportado en Babilonia. El profeta tiene una difícil misión: por una parte animarles a que regresen (algunos habían conseguido establecerse), por otra anunciar que es posible la restauración de la ciudad, del Templo y del Reino. El profeta ve al mensajero que anuncia el regreso a la ciudad santa. Las ruinas de Jerusalén deben alegrarse porque está cerca el día de su restauración. El poder no pertenece a los dioses de Babilonia, sino al Señor.

El texto en la historia de la salvación.

La palabra profética que en otros momentos ha sido de denuncia del pecado, palabra dura y tajante, que ha costado incluso la muerte violenta del profeta, se transforma ahora en grito de júbilo. La Escritura tiene la capacidad de poner al ser humano frente a su historia personal y la historia de la humanidad. A pesar del fracaso aparente por las estructuras violentas e injustas, fruto del pecado, siempre hay un atisbo de esperanza. La buena noticia no se ha acabado. Jerusalén será reconstruida, y de nuevo Dios dará su voto de confianza al pueblo: la victoria no pertenece a las fuerzas de la injusticia, sino que la victoria pertenece a Dios.

Palabra de Dios para nosotros: sentido y celebración litúrgica.

Palabras de contemplación y de escucha. Ver con esperanza la intervención de Dios; escuchar sus palabras de consuelo, su anuncio de victoria y de paz. Ni la última palabra la tiene el poder sanguinario de los ejércitos de este mundo, ni el que domina el mundo es el gobierno de los hombres que se creen divinos y se ríen de Dios. La buena noticia de la salvación va ‘por otros caminos’. Hay que ponerse en actitud de escuchar las otras voces, las que vienen de los profetas, y no las que vienen de los augures de derrotismo y de sumisión al poder reinante. Dios salva; aunque todo parezca oscuro, el futuro es de Dios. Ésa es, sin duda, la gran noticia. La Buena Noticia de la Salvación tiene un nombre propio: Jesús.

Pedro Fraile Yécora