2Crón 36, 14-16. 19-23 (1ª Lectura Domingo IV de Cuaresma)

El Libro de las Crónicas es una obra de un autor anónimo, que pretende presentar la historia de Israel, desde la creación del mundo hasta la época del Exilio.

La tradición judía atribuye la obra a Esdras; pero tal hipótesis no es probable. El libro forma parte de un bloque con alguna unidad (en conjunto con los libros de Esdras y de Neemías) que se suele designar como “Obra del Cronista”.

Los investigadores y comentaristas del Libro de las Crónicas proponen varias hipótesis para la datación de la obra (las diversas propuestas apuntan hacia fechas entre el 515 y el 250 antes de Cristo). Recientemente, algunos autores hablan de un proceso en varias etapas. Alrededor del 515 podría haber aparecido una primera edición de la obra, con la finalidad de legitimar el culto del “segundo Templo” (esto es, del Templo reconstruido por los judíos que regresaron del Exilio de Babilonia); entre el 400 y el 375 podría haber aparecido una segunda edición, destinada a subrayar la autoridad de Esdras como legislador e intérprete de la Torah; entre el 350 y el 300, podría haber aparecido una tercera edición, destinada a animar, fortalecer y consolidar la comunidad judía frente a la hostilidad de los vecinos, particularmente de los samaritanos.

El texto que se nos propone aparece en la parte final del segundo volumen del Libro de las Crónicas. En este texto, el Cronista refiere dos hechos históricos separados por casi 50 años: la caída de Jerusalén en las manos de Nabucodonosor (586 antes de Cristo) y la autorización dada por el rey persa Ciro para el regreso de los exiliados a Jerusalén, tras la caída de Babilonia (538 antes de Cristo). En medio, el Pueblo de Dios conoció la dramática experiencia del Exilio de Babilonia.

Con todo, el autor está mucho más interesado en darnos una interpretación teológica de los hechos, que de ofrecernos una descripción pormenorizada de los acontecimientos históricos. No es un historiador o un analista político, sino un creyente preocupado por leer la historia a la luz de la fe y en sacar las conclusiones que se imponen.

La destrucción de Jerusalén, el incendio del Templo y la deportación del Pueblo de Dios a Babilonia es vista por el Cronista como el resultado lógico de los pecados de la nación. “Los jefes de los sacerdotes y el pueblo multiplicaron sus infidelidades” (v. 14); ignoraron los avisos enviados por Dios por medio de los profetas y desdeñaron sus llamadas. Entonces, la ira del Señor se abatió sin remedio sobre su Pueblo (vv. 15-16).

El mismo tiempo que el Exilio duró (y que el autor sitúa en un número no muy exacto pero simbólico de 70 años, esto es, de diez veces siete) es visto como un gran jubileo forzado por Dios, un tiempo de compensación por todos esos sábados (sétimo día) que el Pueblo no respetó y en los cuales no cumplió sus obligaciones para con Yahvé. La “tierra de Dios”, martirizada por la injusticia y por el pecado, debe descansar durante setenta años, hasta que sea renovada y vuelva a ser de nuevo la “casa” del Pueblo de Dios (v. 21).

Detrás de esta lectura histórica, hay una noción un tanto primitiva de la justicia de Dios: cuando el Pueblo vive en fidelidad a la Alianza y a los mandamientos, Dios le ofrece vida y felicidad; cuando el Pueblo es infiel a los compromisos asumidos, conoce la muerte y la desgracia.

De cualquier forma, el Cronista es consciente de que el castigo no es la última palabra de Dios. Los últimos versículos (vv. 22-23, que son una versión resumida de Esdras 1,1-4) apuntan en el sentido de la esperanza y de una vuelta a comenzar.

Por detrás de la referencia a la liberación operada por Ciro y al edicto que autoriza a los habitantes de Judá a regresar a su tierra, está la idea de un Dios que no abandona a su Pueblo y que continúa dándole, en cada momento de la historia, la posibilidad de volver a comenzar de nuevo.

La teología de la retribución presentada por el Cronista (la fidelidad a Dios es recompensada con vida y bendición; la infidelidad es castigada con sufrimiento y desgracia) tiene, evidentemente, sus limitaciones y sus peligros. Llevada a sus últimas consecuencias, puede sugerir que Dios es solamente un comerciante preocupado por hacer la contabilidad de los debe y haber del hombre, incapaz de amor y de misericordia.

El Evangelio de este Domingo vendrá, precisamente, a demostrar los límites de esta perspectiva y presentará a un Dios que, aunque abomina el pecado, ama al hombre más allá de toda medida y está siempre dispuesto a ofrecerle la vida y la salvación.

Aunque usando elementos teológicos y formas de expresión típicas de su época, el Cronista nos recuerda, sin embargo, algo que es incuestionable: cuando el hombre prescinde de Dios y escoge caminos de egoísmo y de autosuficiencia, está construyendo un futuro marcado por horizontes de dolor y de muerte. En verdad, nuestra experiencia de todos los días muestra cómo la indiferencia del hombre frente a Dios y a sus propuestas genera violencia, opresión, explotación, exclusión, sufrimiento.

En la lectura que el Cronista hace de la historia de su Pueblo, hay una invitación clara a escuchar a Dios y a guiar las opciones que hacemos a través de las propuestas de Dios.

La perspectiva de que la liberación de la cautividad es comandada por Dios y de que Dios ofrece a su Pueblo la oportunidad de un nuevo comienzo, apunta en el sentido de la esperanza. Y es ésta: el Dios que se nos propone es un Dios que abomina el pecado, pero que da siempre a sus hijos la oportunidad de volver a comenzar, de rehacer todo, de reconstruir el camino de la esperanza y de la vida nueva.

En este tiempo de Cuaresma, este texto nos abre horizontes de esperanza y nos invita a embarcarnos en la apasionante aventura de la vida nueva.