Mc 3, 20-35 (Evangelio Domingo X de Tiempo Ordinario)

Jesús comienza su auto-revelación como Mesías, Hijo de Dios, por medio de sus obras y palabras en Galilea. Exorcismos, curaciones, milagros, enseñanzas, encuentros con personas de todo tipo… jalonan sus primeros pasos. Desde el principio su misión no pasa inadvertida para muchos: sorpresa, admiración, incomprensión, recelos, aparecen en los rostros y las palabras de aquellos que entraban en contacto con él.

En contraste, Jerusalén aparece en el horizonte como lugar del rechazo, de la entrega, de la pasión. Y, por supuesto, de la resurrección. No es extraño que «unos escribas que habían bajado de Jerusalén» sean los que cuestionen la autoridad y el poder con el que Jesús enseña y actúa: «Expulsa a los demonios con el poder del príncipe de los demonios».

Marcos utiliza, en varias ocasiones, un recurso literario consistente en introducir un relato dentro de la narración de otro acontecimiento: por ejemplo, la curación de una mujer enferma se narra al interior del pasaje de la resurrección de la hija de Jairo (5,21-43). En el caso que nos ocupa, la controversia de Jesús con los escribas se intercala entre la llegada de sus familiares y las palabras que intercambia con ellos. El motivo de la incomprensión y la desconfianza se entrelazan en ambos episodios.

Los escribas hacen a Jesús una doble acusación: «Tiene dentro a Belzebú» y «expulsa los demonios con el poder del príncipe de los demonios». La actuación de Jesús contra las “fuerzas del mal” se debe, según ellos, a una posesión diabólica. Las curaciones y exorcismos que están contemplando, lejos de ser manifestación de la actuación salvadora de Dios, son señales de la presencia del mal de este mundo en las acciones de Jesús.

La respuesta de Jesús demuestra su error: «Satanás no puede estar contra sí mismo porque iría a su fin». Dos ejemplos – parábolas en paralelo ilustran esta tesis: el reino que estando dividido va a la perdición y la casa, los habitantes de la misma, que en una situación de división caminan hacia su propia destrucción.

Una tercera imagen refuerza la tesis apuntada, respondiendo a la segunda acusación: «expulsa los demonios con el poder del príncipe de los demonios». Solo después de inmovilizar a quien es más fuerte que uno mismo, se puede entrar en su casa y saquear sus bienes. Es lo que hace Jesús: “inmovilizar” al príncipe de los demonios para acabar con él. En resumen, no puede estar poseído por el poder del príncipe de las tinieblas y luchar contra sí mismo.

La dura condena con que amenaza a quienes están cuestionando la fuerza con la que actúa, «quien blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás», pone de relieve la gravedad de la acusación que han hecho. El perdón misericordioso de Dios, un perdón ilimitado, encuentra una única excepción, circunscrita al caso concreto que se contempla: aquellos que se niegan a reconocer que Jesús, el Hijo amado de Dios, está habitado por la fuerza del Espíritu Santo (Mc 1, 10-12).

Terminada la controversia, se retoma la escena del encuentro con su familia: «Tu madre y tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan». Un gesto, «miró a su alrededor a la gente», y unas palabras, dibujan los rasgos de la nueva familia de Jesús: «el que cumple la voluntad de Dios». La fidelidad a Dios, manifestada por la acción y la palabra de Jesús, alarga los lazos familiares. Poniendo en segundo plano a la familia de sangre, da importancia a la novedad que introduce el evangelio: por encima de todo, también de la familia, la fidelidad absoluta al Padre; en el centro, el Reino de Dios.

Oscar de La Fuente de La Fuente