Hch 13, 22-26 (2ª lectura Domingo Natividad de San Juan Bautista)

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p style=»text-align:justify;»>La coincidencia de la solemnidad de la Natividad de san Juan Bautista con un domingo nos depara la rarísima circunstancia (quizá única en todo el ciclo litúrgico) de tener como segunda lectura un pasaje de los Hechos de los Apóstoles, tomado en este caso 
del capítulo 13. Se trata de un 
fragmento del discurso pronun
ciado por Pablo en la sinagoga 
de Antioquía de Pisidia, en Asia 
Menor (actual Turquía), durante
 su primer viaje misionero. Evidentemente, el texto ha sido escogido para la liturgia de hoy por
la mención que se hace en él,
 con cierto detalle, del ministerio de Juan.

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p style=»text-align:justify;»>La figura histórica del Bautista nos es conocida no solo por fuentes cristianas (los cuatro Evangelios y el libro de los Hechos), sino también por un testimonio extrabíblico, el del historiador judío Flavio Josefo. Los textos del Nuevo Testamento, como el que ahora nos ocupa, subrayan habitualmente, al hablar de Juan, su papel de precursor de Jesús y, por tanto, su subordinación con respecto a este (cf. Jn 1,6- 8.15; 3,27-30).
 Lucas escenifica aquí un discurso de Pablo, en el que éste hace un primer anuncio de Jesucristo ante un auditorio compuesto por judíos (la escena se ambienta en una sinagoga). Por ello, es natural que aluda a la historia de Israel, y en concreto a las promesas hechas a David, presentando a Jesús como el Mesías anunciado: «Según lo prometido, Dios sacó de su descendencia un salvador para Israel: Jesús».

Ahora bien, antes de que llegara Cristo, apareció Juan, quien «predicó a todo Israel un bautismo de conversión». Este dato coincide fundamentalmente con lo que recogen los Evangelios canónicos (Mc 1,4-5; Mt 3,1-6; Lc 3,3). Lucas (por boca de Pablo) añade aquí que «cuan- do Juan estaba para concluir el curso de su vida, decía: “Yo no soy quien pensáis, pero, mirad, viene uno detrás de mí a quien no merezco desatarle las sandalias de los pies”». Como en los Evangelios, el Bautista afirma claramente que él no es el Mesías, sino que viene a prepararle el camino (cf. Jn 1, 19-23).

En cuanto a la frase sobre las sandalias, recogida en los cuatro Evangelios (Mc 1,7; Lc 3,16; Jn 1,27; y, con ligera variante, Mt 3,11), parece constituir una alusión al discipulado, pues correspondía al discípulo el desatar las sandalias del maestro y quitárselas cuando llegaba a casa fatigado del camino (no así lavarle los pies, que era tarea propia de los esclavos). Lo que está diciendo Juan con respecto a Jesús es, pues, algo así como «no soy digno de ser considerado su discípulo». De esta forma los evangelistas subrayan la primacía del Mesías sobre su precursor.

Pablo concluye declarando a sus oyentes, a los que llama «hermanos» (por su común pertenencia al judaísmo) e «hijos del linaje de Abrahán» –y añade «y todos vosotros los que teméis a Dios», con lo que tal vez se sugiere que en el auditorio había también prosélitos, o personas no judías que simpatizaban con la religión de Israel–, que «a nosotros se nos ha enviado esta palabra de salvación». El testimonio de Juan sobre Jesús es considerado, pues, parte integrante del anuncio de la buena noticia.

José Luis Vázquez Pérez, S.J.

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