Domingo II de Tiempo Ordinario

El domingo pasado centrábamos nuestra reflexión sobre la exhortación del Padre a que escuchemos a Jesús. Tenemos que escuchar a Jesús, pero ¿Dónde habla? ¿Dónde dice cosas?

Dios nos habla con diversos lenguajes según las circunstancias. Uno de esos lenguajes, sin duda el principal, es Jesús de Nazaret, considerado como la palabra de Dios hecha carne y reconocido solemnemente por el Padre como su hijo a quien debemos escuchar, según recordábamos el domingo pasado en el episodio de su Bautismo en el Jordán.

La lectura repetida, sosegada, meditada, en silencio, de las enseñanzas de Jesús, tanto cuando nos enseña sus pensamientos como cuando nos muestra sus comportamientos, son el lugar idóneo por excelencia para saber qué es lo que Dios nos dice y nos pide a cada uno en los diferentes momentos y situaciones en las que nos encontramos.

“Los Evangelios”, el Nuevo Testamento, es un libro que todos deberíamos tener en nuestra biblioteca como uno de los más utilizados por nosotros. Es ahí donde se nos muestra la grandeza del pensamiento de Jesús y se nos convoca a seguirle. Es ahí donde vemos ejemplos maravillosos de amor, de entrega, de fidelidad, de justicia, de misericordia, de prudencia, etc. etc. que nos invitan a alzarnos sobre las miserias del mundo para soñar en otro donde todo eso sea realidad.

Es ahí donde vemos ejemplos de generosidad, de entrega, de perdones, de fidelidades que nos animan a imitarlas.

Es ahí donde se habla de esperanzas eternas compensadoras de los esfuerzos y tenacidades gastadas en conseguirlas.

Es ahí donde vislumbramos el verdadero sentido de nuestra existencia terrenal efímera, pero abierta a la transcendencia eterna, en el misterio de Dios, Padre y creador de todo.

Es ahí donde cogemos aliento y fuerzas para no sucumbir en la batalla.

Los Evangelios son el pan que nos alimenta y nos mantiene vivos espiritualmente en el diario vivir.

Es en ellos donde especialmente podemos escuchar lo que Jesús quiere decirnos a cada uno de nosotros en cada una de nuestras situaciones personales.

Pero no solamente ahí podemos escuchar lo que Dios quiere decirnos y pedirnos. El acontecimiento de las bodas de Caná, 1ª Lectura ( Jn. 2, 1-11) nos remite a otro gran vocero de Dios: los signos de los tiempos.

La necesidad de vino en una boda solicitó la intervención de Jesús. De no haber sido así, no hubiera comenzado su vida pública entonces. Fue una necesidad la que provocó la acción de Jesús. Igualmente, a nosotros se nos debe despertar el espíritu cristiano ante las situaciones concretas en las que se nos manifieste el mundo.

Dios nos solicita a través de los acontecimientos. El mundo en sus múltiples deficiencias como el hambre, la injusticia, la violencia, la ignorancia, la guerra, clama por gente que quiera comprometerse en la tarea de resolverlas. Ahí está Dios, diciéndonos lo que espera de nosotros en esa situación concreta; pidiéndonos nuestra colaboración para erradicarlas.

Los cristianos hemos de estar atentos a estas solicitaciones entendiéndolas como llamadas del mismo Dios a nuestra cooperación.

Nadie podemos sentirnos excluidos de escuchar y poner en práctica el mensaje evangélico en razón a nuestra pequeñez. En la gran empresa de Dios hay trabajo para todos según su situación. Son diversas funciones pero el mismo Señor quien las reparte, nos decía San Pablo en la segunda lectura, (1ªCor. 12, 4-11)

Cada uno de nosotros podemos hacer una pequeña aportación, es verdad, muy pequeña en muchos casos, pero millones de pequeñas aportaciones resultan una aportación substancial.

Escuchando las diversas llamadas de Dios, sea a través de Jesús o de las penurias del mundo, mereceremos el elogio que escuchábamos al profeta Isaías en la primera lectura ( 62, 1-5) “Serás una corona preciosa en manos del Señor, una diadema real en la palma de tu Dios. Como un joven se casa con su novia, así tu constructor se casará contigo; y como el esposo se recrea en la esposa, así tu Dios se recreará en ti. AMÉN

Pedro Sáez