Comentario del 28 de febrero

Las palabras de Jesús referidas al escándalo son tan tajantes que cortan hasta la respiración. Oigámoslas una vez más: El que escandalice a uno de estos pequeñuelos que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar. Se trata del escándalo de los pequeños que creen, pero a los que un simple mal ejemplo o una mala experiencia puede quitarles la fe. Escándalo es siempre una «piedra de tropiezo» en el camino del bien; es una incitación al mal o al pecado. Por eso, la conducta desviada de un creyente puede resultar realmente escandalosa en la medida en que interfiere como un obstáculo en el camino del bien o de la fe de otros muchos.

Y los más expuestos al escándalo (lo mismo que a la mala influencia) son los más débiles, tanto religiosa como moralmente, esos pequeñuelos que creen a los que alude Jesús. Son pequeñuelos seguramente en el sentido de ser muy influenciables por los buenos y los malos ejemplos de aquellos a quienes conceden autoridad moral; y creen, pero su fe es todavía muy frágil o muy tierna, como esa planta a la que el clima y el tiempo no ha curtido aún. Pues bien, al que escandalice a uno de estos pequeñuelos les espera una pena aún peor que la que sufren los que son arrojados al mar con una piedra de molino al cuello para que no emerjan a la superficie. La severidad de la condena denota la gravedad de la falta a los ojos del juez.

Pero Jesús no se detiene aquí; habla también de otro tipo de escándalo que no rebasa el perímetro personal. Es el que provoca en cada uno el uso que hace de sus órganos sensoriales. Si tu mano te hace caer –dice-, córtatela; más te vale entrar manco en la vida que ir a parar con las dos manos al abismo, el fuego que no se apaga. Y si tu pie te hace caer… Y si tu ojo de hace caer, sácatelo. Más te vale entrar tuerto en el Reino de Dios, que ser echado con los dos ojos al abismo.

Aquí no son otros los que escandalizan, sino nuestras propias manos y ojos. Pero lo que incita al mal, a la comisión de un pecado de robo, homicidio o adulterio, no son las manos, los ojos o los pies –aun teniendo estos parte en la acción-, que carecen de autonomía para el obrar, sino la intención con que se mira o se toca eso que, ante tales manos, ojos o pies, se convierte en «objeto» de codicia, de avaricia o de lujuria. Lo que nos escandaliza no es siquiera ese «objeto» que nos incita al mal, sino el encuentro del objeto con la codicia. Es la codicia o la lujuria que habitan en nosotros lo que hace de un determinado objeto (cosa o persona) objeto de codicia.

El escándalo se produce, por tanto, cuando se produce el encuentro de la codicia o la lujuria con un cierto objeto; y ese encuentro acontece de ordinario por la vía sensorial. Lo que no se ve, no se desea; es verdad que puede desearse también lo imaginado, pero la imaginación ya es un cierto modo de visión. Si cortamos esta vía sensorial (la de las manos, pies u ojos) reducimos enormemente el poder de atracción del mal presente en un determinado objeto. Sin manos y sin pies es más difícil robar; sin ojos es más difícil desear a una mujer o dejarse arrastrar por el incentivo de la lujuria. Aun así, mientras haya lujuria o codicia en el corazón humano, éste podrá buscar el modo de encontrar satisfacción. No bastará, por tanto, con cortarse las manos o sacarse los ojos para frenar el flujo de la codicia o la lujuria.

Cuando Jesús usa expresiones tan radicales, que algunos consideran hiperbólicas, no pretende otra cosa que proponer un remedio, también radical, frente al poder de arrastre que tiene el mal en personas en las que pervive la concupiscencia. Para hacer frente al mal que nos atrae, Jesús no está proponiendo como parece la medida quirúrgica de la amputación de manos, pies u ojos. Este procedimiento vale para frenar una gangrena que, empezando por los pies, puede extenderse a todo el cuerpo y provocar la muerte. Aquí la amputación puede ser el único remedio medicinal para atajar una enfermedad. Pero en el terreno moral las amputaciones han de ser de otro tipo, como el de cortar una relación personal, o el de abstenerse de ver ciertas imágenes o espectáculos, o el de no pisar o frecuentar ciertos lugares que pueden resultar muy nocivos para la salud espiritual y psíquica, ya que en tales circunstancias no seríamos capaces, o sólo lo seríamos con extrema dificultad, de poner freno a nuestros bajos instintos o de detener el empuje de nuestra codicia.

Más te vale entrar manco (o tuerto) en la vida que ir con las dos manos (o los dos ojos) al abismo, al fuego que no se apaga. La gravedad de la acción se mide por el valor de aquellas cosas de que somos privados. Ir a parar al abismo es vernos privados de la vida o de los bienes del Reino, vida o bienes de los que se podría gozar sin manos o sin ojos, puesto que tales órganos ya no serían necesarios para esa vida. Pero, como ya he indicado, no se trata de cortarse las manos o de sacarse los ojos, sino de amputar esas vías por las que seríamos presa fácil del mal con manos y ojos o sin ellos.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística