Homilía – Domingo II de Cuaresma

LA FUERZA DE LA ESPERANZA

Constantemente resuena en la Cuaresma la palabra «conversión», palabra comprometedora que implica cambio profundo. La vida de todo cristiano fiel es un ir superando etapas, como nos lo patentiza la vida de los grandes creyentes, la experiencia de los místicos y el testimonio de los teólogos de la vida cristiana. La fe es un éxodo constante, como el de Abraham, que ha de renunciar a su entorno hacia el lugar de la promesa.

Dar un paso hacia delante: cambiar la jerarquía de valores, renunciar a un estilo de vida consumista o de relumbrón, hacer un compromiso de servicio que nos «robe» tiempo y dinero, tomar más en serio la oración, embarcarse en lo comunitario, en definitiva, morir un poco más a nosotros mismos, supone alterar nuestra vida en la que quizás nos sentíamos cómodos, para adentrarnos en lo desconocido e inseguro. Ante esta urgencia cuaresmal salta inevitablemente la pregunta: ¿Merece la pena? ¿Qué me va a reportar esta aventura? ¿No es suficiente vivir como un cristiano que cumple fielmente con Dios en lo religioso y con los hombres en lo profesional? ¿Podré llevar a cabo la aventura que pretendo? ¿Y si me agobio con tanto compromiso?

Algo parecido pasaba por el espíritu de Jesús y por el de sus discípulos ante los acontecimientos trágicos que el Maestro ha anunciado por segunda vez y que los discípulos empiezan a presentir de forma vaga. Sobre todo Jesús se siente acongojado. Y, como siempre, en los momentos más decisivos recurre de forma más intensa y porfiada a la comunicación con su Padre. El Padre responde con una esplendorosa teofanía, rodeada de elementos simbólicos y con clara referencia a Moisés. Con ella se anticipa la resurrección de Jesús y su victoria sobre la muerte, y se les hace partícipes de su gloria: «¡Qué bueno es estar aquí!», exclama Pedro. La transfiguración es una exhortación de urgencia hecha de manera especial a Pedro, que se ha opuesto audazmente a que el Reino que viene a establecer el Mesías pase por el sufrimiento y la muerte (Me 8,31-32), para que se avenga a escuchar a Jesús cuando habla de sus sufrimientos y de su muerte como camino para entrar en su gloria.

LA ESPERANZA CHICA Y LA GRAN ESPERANZA

¿En qué hemos de apoyarnos para iniciar nuestro éxodo y ser fieles al cambio de vida que nos pide el Espíritu? ¿Cómo hemos de proceder para seguir animosos con las cruces extraordinarias u ordinarias de cada día? ¿Tendrá Dios preparado un Tabor para nosotros? Para dar el paso hacia adelante, para que la Cuaresma suponga un impulso de superación, para que lleguemos a la Pascua nuevos por dentro, necesitamos sin falta echar mano de la esperanza, de la doble esperanza.

Por una parte, la esperanza que yo llamo chica, la esperanza de un mañana o un pasado mañana terreno mejor. Dios Padre, como a Jesucristo en su camino hacia el martirio, como en la agonía del huerto, ofrece a sus hijos un Tabor, un ángel consolador, momentos de dicha que permiten seguir adelante. Personas que confesaban que no eran capaces de vivir sin consumir como cosacos y que llevan ahora una vida austera, aseguran: «Sólo la acción del Espíritu explica el cambio que he experimentado en mi vida». «Dios aprieta, pero no ahoga», decimos. Por otra parte, la vivencia de la fe y la propia fidelidad se convierten en fuente de alegría insospechada.

Esto hace que el sufrimiento se convierta, aunque parezca paradoja, en fuente de alegría, como atestiguaba Pablo: «Reboso de gozo en toda tribulación» (2Co 7, 4). Cuando se encuentra sentido al sufrimiento, entonces se convierte en una realidad agridulce (Jn 16, 21).

Además de estas pequeñas esperanzas, estas pequeñas experiencias de cielo, está la gran esperanza de llegar al destino venturoso. Dice un himno de Laudes de Cuaresma: «En tierra extraña peregrinos, con esperanza caminamos, que, si arduos son nuestros caminos, sabemos bien a dónde vamos».

Abraham emprende la marcha fiado de Dios, esperando una tierra mejor donde asentarse con su linaje; nosotros esperamos «un cielo nuevo y una tierra nueva». Pablo compara esta vida con un combate atlético, con una carrera olímpica. Los atletas se imponen toda clase de privaciones: «ellos para ganar una corona que se marchita, nosotros una que no se marchita». Por eso trata de luchar valientemente sin hacer concesiones al hombre viejo (1Co 9,24-27). Ya al final de su vida, confiesa que ha combatido como buen luchador, que ha merecido sobradamente la corona inmarchitable (2Tm 4,7-8). Y es que «sostengo que los sufrimientos del tiempo presente son cosa de nada comparados con la gloria que va a revelarse reflejada en nosotros» (Rm 8,18). Hemos de dar gracias interminables por lo que la Gran Esperanza representa en nuestra vida.

Pablo, que tuvo esa experiencia anticipada de cielo, confesaba también: «No puedo contar la experiencia; es inenarrable. Ni ojo vio, ni oído oyó, ni imaginación humana es capaz de barruntar lo que Dios tiene preparado para los que le son fieles» (Cf. 1Co 2,9). ¡Qué agradecidos hemos de estar a Dios por el testimonio de los místicos, esos hombres que se han acercado al ojo de la cerradura de la puerta del cielo, han quedado sobrecogidos de admiración y nos han comunicado su experiencia! A la luz de esta gran esperanza los sufrimientos de esta vida pierden fiereza. Teresa de Jesús, que gozó de tantas experiencias sobrenaturales, expresó el conocido pensamiento con que ella amortiguaba los golpes: «Esta vida no pasa de ser una mala noche en una mala posada».

 

AYUDA DEL SEÑOR Y AYUDA MUTUA

En la noche de angustia del huerto, en la caída bajo la cruz, en los tormentos, encontraremos vigor para ser fieles al Maestro siempre que vayamos a su encuentro en la oración. Jesús lo advirtió: «Es necesario orar y nunca desfallecer». Todo

el que se zambulle en la oración, sale de ella como reanimado. Por el contrario, muchos me han confesado: «En cuanto abandono la oración, mi vida es un desastre». Es posible que nosotros mismos tengamos esta sensación.

Martín Luther King contaba una experiencia personal estremecedora. Estaba asustado por las amenazas de muerte. Se había retirado después de un día fatigoso. Estaba hundido. Se quejaba a Dios con gritos del corazón. Pensaba en la viudez de su mujer y en la orfandad de su hija. Cogió la Biblia entre sus manos, leyó un pequeño párrafo, oró y se puso en las manos de Dios. Y testimonia que, a partir de ahí, «una paz inexplicable me inundó el alma. Parecía otro: Ya estaba dispuesto a dar la vida, a cargar con las cruces que fuera con tal de ser fiel al proyecto de Dios sobre mí, de ser instrumento dócil en sus manos».

Unos somos cirineos necesarios para otros. Así nos ha constituido el Señor. A veces nos quejamos de sentirnos desvalidos ante el peligro, la dificultad y el sufrimiento. Pero no es que Dios no nos ampare; lo que ocurre es que nosotros no recurrimos al amparo que Dios nos ofrece que es la ayuda del otro para mí y la mía para el otro. La ayuda que el Padre ofreció a Jesús en su subida al Calvario fue el Cirineo. Dios nos quiere cirineos los unos para los otros. Esto lo comprobamos diariamente. Al margen de lo que puede representar la ayuda de la familia, es increíble la ayuda que prestan los amigos o los compañeros del grupo cristiano. Constantemente estoy escuchando testimonios: «¿Qué hubiera sido de mí en la muerte de mi marido o mujer, en esta depresión que sufro, en las dificultades tan grandes que tengo en mi trabajo, en mi enfermedad, en los conflictos familiares… si no fuera por los miembros de mi grupo cristiano?». Es natural que la gente no quiera adentrarse en alta mar de un cristianismo de generosidad si son «hombres de poca fe», si no cuentan con la presencia de Cristo. Nosotros sabemos que de vez en cuando nos regala una experiencia de Tabor para reconfortarnos: la Eucaristía de cada día o de cada domingo, por ejemplo.

Atilano Alaiz