El efecto de la luz

1.- Las tinieblas debieron asustar mucho a los hombres de la antigüedad. No es difícil pensar que la noche estaba llena de peligros reales e irreales. Con la luz, por el contrario, volvía la paz y era fácil extasiarse ante la contemplación de la naturaleza. La Biblia nos enseña que las apariciones de los ángeles, de los enviados de Dios, estaban rodeadas de una luz muy especial y que sus rostros y vestidos se convertían en luminiscentes. La escena de la Transfiguración también nos aporta ese efecto lumínico de indudable importancia. Hay científicos que afirman que la luz será el próximo vehículo de comunicación en el espacio sustituyendo, por un lado, a la transmisión de ondas hertzianas propias de la radiofrecuencia y, por otro, al empuje de los motores de chorro. La luz, como vehículo de comunicación y de tracción, es algo intelectualmente muy atractivo, aunque no tenga –por ahora– confirmación científica.

2.- Nuestro Señor Jesús se ofrece también como luz del mundo y lo es. Tras cerrar los ojos Jesús, allá en el Gólgota, fueron sus seguidores los encargados de hacer de luz y de guía en la tierra. Los discípulos deben ser guía luminosa para el género humano. Es una responsabilidad enorme convertirse en faro y guía de los hermanos. Incluso es un proyecto de tal magnitud que sin la ayuda de Dios será imposible acometer. Y así los elegidos para guiar a los otros serán como los satélites que reflejan la luz de Sol. Y es evidente que una luna llena no tiene comparación con la potencia lumínica del Astro Rey pero su ayuda es muy placentera y su belleza también. Aunque siempre hay que tener en cuenta que la luz no es propia.

3.- «Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo». La luz iluminará nuestras buenas obras y ellas servirán para entender que es Dios quien nos ayuda a acometerlas, hasta el punto que podemos ser, indignamente, reflejo del mismo Dios. El foco divino proyectado hacia nosotros no solo servirá como guía, sino que dará claridad a nuestras mentes, pero, a su vez, mostrará nuestro propio quehacer. Tenemos que acometer obras buenas para que la luz de Dios las ilumine. ¿Podría esa misma luz iluminar nuestras malas obras? La otra comparación habla de ser la sal del mundo.

En la antigüedad la sal era un bien escaso, incluso en zonas y países cercanos al mar. Por tanto, tenía un gran valor. La sal ayuda a condimentar los alimentos, a darles agradable sabor. «Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente». Si la sal pierde su virtud será pisoteada. Es también una llamada de atención a la calidad de nuestras obras. El Señor Jesús no deja sitio a las dudas. Hemos de trabajar mucho para merecer su luz y mostrársela a los hermanos.

4.- La primera lectura pertenece al profeta Isaías y completa perfectamente el mensaje total de las lecturas de este Quinto Domingo del Tiempo Ordinario. Hay que dar pan al hambriento para que luz del Señor llegue a nosotros. Nuestras obras van a ser fundamentales para Dios nos otorgue su luz. San Pablo, a su vez, en la Carta a los Corintios, aporta algo que es más fundamental: nuestra capacidad para presentar la predicación de la Palabra de Dios solo es posible con la ayuda del Espíritu. No podemos atribuir a mérito propio los resultados del trabajo en el apostolado. Esa es una excelente receta pues alguno le pueden confundir sus «buenas dotes» como lector o predicador, su facilidad de palabra o su erudición bíblica. Lo único importante para ese trabajo con el prójimo es la ayuda del Espíritu Santo.

Ángel Gómez Escorial