Obras son amores

1.- «Cuando el justo se aparta de su justicia, comete la maldad y muere…» (Ez 18, 26) Ezequiel propone una hipótesis. Y la propone de parte de Dios. Tan de parte de Dios que sus palabras son palabras divinas. Por eso hay que recibirlas con especial atención, conscientes de su gran importancia… Dice que si un hombre justo se aparta del camino recto y muere, quedará muerto por la maldad que cometió.

Del lado que el árbol caiga, de ese lado quedará caído para siempre. El que es bueno y deja de serlo, será condenado. Es necesario, por tanto, ser constantes en nuestro caminar por los caminos de Dios. Jesús nos dirá que es preciso velar siempre. Pone la comparación del robo nocturno, que no ocurriría si el amo de la casa velase mejor por sus bienes.

No podemos confiarnos ni un solo momento. Tenemos que vivir preocupados por agradar al Señor, siempre. Guardando con empeño sus mandamientos. Y si alguna vez fallamos, rectificar inmediatamente. Pedir enseguida perdón en el sacramento de la Penitencia. Que para eso lo ha instituido el Señor, para que podamos vivir habitualmente en su gracia, sin permitir que pase ni un sólo momento sin corresponder a su amor.

«Y cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo, y practica el derecho y la justicia, él mismo salva su vida» (Ez 18, 27) Esto es lo realmente importante para nosotros: el saber que Dios nos perdona siempre que volvamos a él. Sólo es necesario reconocer el mal que hicimos, arrepentirse de haberlo hecho y pedirle su perdón. Y entonces todo se olvida, entonces Dios nos vuelve a abrazar como a hijos suyos.

Si el malvado recapacita y se convierte de sus delitos, ciertamente vivirá y no morirá… De este modo la liturgia, con esta primera lectura del profeta Ezequiel, una vez más recalca la infinita capacidad de perdón que Dios tiene. Así se deja bien patente que mientras hay vida hay esperanza, por muy perdido que todo nos parezca. Ojalá que esto nos haga volver con frecuencia los ojos a nuestro Padre Dios. Para pedirle perdón, para rogarle que tenga piedad de nosotros, para decirle que se acuerde de su misericordia sin límites.

2.- «Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas, haz que camine con lealtad…» (Sal 24, 4) «Enséñame, -sigue rogando el salmista-, porque tú eres mi Dios y salvador, y todo el día te estoy esperando…». Ante nosotros se cruzan muchos caminos trazados sobre la tierra, senderos que conducen a diversos lugares, mil posibilidades se ofrecen al caminante, al «viator» que es todo ser humano. Ante todo esto lo importante es acertar con el camino que termina felizmente, escoger la senda que nos lleva a la salvación eterna.

Muchas veces, podríamos decir que cada día, se abren ante nuestros ojos diversos caminos. Entonces es importantísimo acertar y recorrer el que nos conduce hacia el bien y la paz. Por desgracia, al final del día, hemos de reconocer que a veces no supimos elegir, que nos decidimos por el camino que no era el adecuado y terminamos en parajes de tristeza y de remordimiento. Pidamos hoy al Señor -cada día debemos hacerlo-, que nos enseñe su camino, y nos ayude a recorrerlo, seguros de que ese camino será siempre el mejor.

«Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas…» (Sal 24, 6) Parece poco apropiado hablar de la ternura de Dios. La ternura es, según piensan algunos, un sentimiento de seres sentimentales que se dejan conmover con facilidad, que posponen la mente a los sentimientos… Y, sin embargo, con frecuencia se habla de la ternura de Dios en estos salmos responsoriales de la santa Misa. Ternura divina, ternura eterna, infinita. En Dios su infinita sabiduría no acalla su inmensa misericordia y compasión.

Acogiéndonos a esos sentimientos, vamos a decir al Señor con palabras del mismo salmista: «No te acuerdes de los pecados ni de las maldades de mi juventud, acuérdate de mí con misericordia…». Pecados de juventud y pecados de la edad madura, de la infancia y de la vejez. Dios mío, me da pena decirlo, pero por experiencia sabemos que es así. Por eso, Señor, ten misericordia de nosotros.

«El Señor es bueno y es recto y enseña el camino a los pecadores; hace caminar a los humildes con rectitud, enseña a los humildes su camino». Sí, también a los pecadores, el Señor les señala el camino mejor, también a los débiles les hace caminar con rectitud. Vamos a rectificar otra vez, vamos a renovar nuestra esperanza y nuestro optimismo, para que nunca, pase lo que pase, dejemos de caminar por los caminos de Dios.

3.- «Si queréis darme el consuelo de Cristo y aliviarme…» (Fil 2, 1)San Pablo escribe con acentos de súplica intensa: «Si nos une el mismo espíritu y tenéis entrañas de misericordia, dadme esta gran alegría: manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir»… Este es su mayor motivo de consuelo y de gozo, el que los cristianos se mantengan unidos por el amor recíproco y la comprensión mutua. Ya Jesús pedía insistente al Padre eterno por la unidad íntima de los suyos, de cuantos formamos su Iglesia. Una unidad entrañable de todos entre sí, y de todos con Cristo y el Padre en el Espíritu Santo.

No se limita el Apóstol a rogar para que se mantengan unidos. Él pasa de inmediato a dar unos consejos prácticos, lo mismo que el Maestro hizo al prescribir el amor mutuo como distintivo de los suyos. «No obréis por envidia -dice Pablo-, ni por ostentación, dejaos guiar por la humildad y considerad siempre superiores a los demás…». Dios quiere que comprendamos el sentido de esas palabras, y, sobre todo, que extirpemos de raíz la envidia que se esconde en nuestros corazones, la soberbia y el afán de sobresalir. Dios nos conceda reparar tanta división con mucho amor y con mucha humildad.

«Tened entre vosotros los sentimientos propios de una vida en Cristo Jesús» (Flp 2, 5) Nos decimos cristianos y lo somos; vamos, pues, a vivir como tales. Vamos a mirarnos en Cristo, nuestro modelo y nuestro guía, nuestro Camino y nuestra Verdad, nuestra Vida: «Él, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se hizo obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz».

Si él, siendo Dios, se rebajó hasta esos límites de humillación suprema, también nosotros debemos bajarnos del alto pedestal en el que nos encaramamos, llevados del orgullo y la ambición. Dar el brazo a torcer, reconocer las propias faltas y valorar los triunfos de los demás, tener la gallardía y el coraje de saber perder y de saber rectificar, el heroísmo de obedecer a quien está por encima de nosotros y la capacidad de escuchar con interés al que está por debajo. Unánimes y concordes en el pensar y en el sentir, aglutinados alrededor de Cristo y de su Vicario en la tierra.

4.- «Él le contestó: Voy, señor, pero no fue» (Mt 21, 30) Prometer es fácil, lo mismo que el comprometerse con alguien. A veces hasta bajo palabra de honor, o incluso bajo juramento. Mientras que se trata sólo de hablar, solemos decir que haríamos tal o cual cosa, o que nunca haremos esto o aquello. Pero cuando llega la hora de actuar, la cosa es muy distinta. Entonces la realidad se impone y se elude el sacrificio, se olvidan las promesas o se niegan los compromisos contraídos.

El Señor nos enseña en esta parábola que, en definitiva, lo que vale son las obras y no las palabras, los hechos y no las promesas. Cuando llega la hora de actuar, sería interesante oír lo que dijimos en un momento dado. Veríamos, con rubor, cuán lejos estaban las palabras de lo que luego estaríamos dispuestos a hacer.

Jesús habla aquí a los sumos sacerdotes y a los ancianos de Israel, es decir, a lo más selecto de la sociedad de su tiempo, tanto en el plano religioso como en el civil. Reconozcamos que sus palabras nos atañen también a nosotros, pertenezcamos al nivel social que pertenezcamos. En definitiva también nosotros pensamos que basta con hablar y prometer, o estamos convencidos, como ellos, de que somos mejores que los demás, persuadidos de que no haríamos lo que otros hacen.

Os aseguro, dice Jesús, que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el Reino de los cielos. Estas palabras debieron herir profundamente a sus oyentes, la elite de Israel. También a nosotros nos escuecen. Pero así es… Por qué esa pobre gente, tan despreciada, se sabe pecadora, y quizá se duela de serlo, aunque siga siéndolo por vicio, o por la dificultad que supone dejar esa situación. Y en muchos casos, su dolor y pesar les lleva a cambiar de vida, y como la Magdalena llegan a querer con locura al Señor, que tanto les ha perdonado. Mientras el que se cree justo, o simplemente regular, vive de manera mediocre, sin grandes inquietudes por mejorar, amando con languidez y tibieza al Señor.

Antonio García Moreno