Homilía – Domingo XXVII de Tiempo Ordinario

1.- Los cuidados…, y la ingratitud de la viña (Is 5, 1-7)

Una deliciosa alegoría…, y una lección magistral sobre la ingratitud. Un labrador íntimamente afectado por la poca relación entre el cuidado ofrecido y los frutos cosechados. Una imagen certera de «la frustración de Dios» frente a la ingratitud del pecado.

Una descripción detallada de los cuidados, el lugar de plantación, el cuidado de la tierra y su labranza, el guarda para vigilarla y el lagar ya preparado a la espera de unos frutos que se convirtieran en vino…; los detalles del cuida aumentan la frustración «Esperó que diera uvas, pero d agrazones». El corazón destrozado de un viñador cuidadoso…

Se le agolpan en su mente los «porqués» hasta que llega a una dolorosa decisión. «Quitar la valla para que viña sirva de pasto…, destruir su tapia para que la pisoteen». En lugar de frutos, desolación y sequedad, zarzas y cardos… Y, sin embargo, el labrador esperaba, porque «la había cuidado»

Era fácil adivinar en la alegoría la relación de Dios con el pueblo. Pero Isaías la explícita: «La viña es la casa de Israel…, los hombres de Judá, su plantón preferido»… Una preferencia mostrada en toda la historia de la salvación. Por eso, por la ingratitud, impresiona la constatación del profeta: «Esperó de ella derecho, y ahí tenéis: asesinatos; esperó justicia, y ahí tenéis: lamentos».

 

2.- Confiados, en las manos de Dios (Flp 4, 6-9)

Intento de Pablo de llevar a los filipenses a la raíz misma del abandono en las manos de Dios. «Nada os preocupe» (podría añadir santa Teresa: «Sólo Dios basta»).

Con la vida puesta en la presencia de Dios (la oración, las súplicas, la acción de gracias…), podemos esperar, seguros, el don de la paz. Una paz tan fuera de serie que «sobrepasa todo juicio», todo aquello que pudiéramos pensar o esperar.

Una paz que hará de «guardián» en la vida. Guardián para no dejar entrar la agitación en el corazón o la turbación en el pensamiento… Una paz, arbitro de comportamientos, para realizarla con los demás, haciéndonos sus artífices. Una paz que, desde el corazón, se vuelca hacia toda situación de violencia y de guerra, empujando fuerte hacia la fraternidad.

Puede así obrar el creyente, incluso con quienes no comparten su fe. Dentro de su corazón ha ahondado un humanismo profundo. «Lo verdadero, lo noble, lo justo, amable, lo laudable, todo lo que es virtud o mérito» no le puede ser ajeno a un cristiano… Es el «nada humano lo considero ajeno».

Y no le asusta a Pablo ponerse él mismo de modelo para su comunidad de Filipos. Parecería una osadía, pero es un sencillo acto de fidelidad paterna: «Lo que aprendisteis, recibisteis, oísteis y visteis en mí, ponedlo por obra».

 

3.- Unos viñadores ingratos (Mt 21, 33-43)

El tema de la viña une la lectura evangélica con la primera lectura. Sólo que allí la referencia es la viña como conjunto del pueblo, aquí son los viñadores, sus jefes, arrendatarios (que no propietarios) del pueblo. En las dos lecturas también el tema de la ingratitud: la viña misma (e pueblo) es ingrata; los viñadores arrendatarios (sus jefes) llevan la ingratitud al extremo, la muerte del hijo herede.

La viña que es Israel no tiene más amo que a Dios. Él es quien la ha confiado en arriendo… y, siempre, a la espera de los frutos. A recoger esos frutos mandó Dios sus mediadores en toda la historia del pueblo. Los profetas sobre todo, exigieron con vehemencia a aquellos arrendatarios los frutos que no eran suyos… La historia se repetía: hacerlos desaparecer, para apropiarse del pueblo. Es tentación permanente para quien cambia su vocación de servicio por la opresión y el dominio.

La parábola culmina con el envío del «/u/o»; él ya no es emisario; por derecho, es heredero. ¿Cambiarían así las cosas en el nivel de los frutos? Así lo esperaba el «padre». Y así lo esperaba el «Padre»: que el envío de Jesús cambiara el corazón de los viñadores ingratos y, finalmente, rindieran la cuenta de los frutos esperados…

El Padre «esperaba»…; pero la reacción de aquellos arrendatarios es llevada hasta el extremo del linchamiento del Hijo. Los dirigentes que oían a Jesús entendieron hacia quien iba la parábola. Entendieron, pero no reaccionaron, pretendiendo continuar en posesión de la viña. Sólo que, desde entonces, pesó sobre sus cabezas la sentencia de Jesús: «Se os quitará a vosotros e\ reino de Dios, y se dará a un pueblo que produzca sus frutos»

La viña del Señor

¡Señor! dale a mi viña de agrazones
el cultivo tenaz de tu paciencia;
llueve el agua lustral de tu clemencia,
que empape la aridez de sus raigones;

cólmala de tus mimos y atenciones:
el cálido fluir de tu querencia
ablandará el rigor de su conciencia,
trocando en gratitudes las traiciones.

La cepa que tu diestra poderosa
plantó y cavó hasta hacerla vigorosa,
se olvidó de tu amor entre amoríos…

Desciende desde el cielo a visitarla,
porque, si Tú te cansas de cuidarla
tornará a sus antojos y desvíos.

Pedro Jaramillo