Comentario – Presentación del Señor

(Lc 2, 22-40)

María y José, judíos piadosos y fieles, se acercan al templo a ofrecer a Jesús. La ofrenda que ellos entregan junto con el niño, un par de palomitas, era la ofrenda de los más pobres, que no podían presentar una ofrenda mayor. Y se descubre en ellos la actitud de profunda docilidad (v. 27) y la capacidad de admiración (v. 33) propias de los pobres de Yavé.

Ellos son los que presentan al niño a los hombres y mujeres de su pueblo, y en su alabanza muestran que ese niño venía a realizar las esperanzas del pueblo piadoso. Con él ya no había nada que esperar y las promesas antiguas alcanzaban su cumplimiento. En su persona ya está cumplido lo esencial de los anuncios del Antiguo Testamento. Por eso podemos decir que ya estamos en “la plenitud de los tiempos”.

Simeón proclama a Jesús como la luz que su pueblo estaba esperando, pero que también debe derramarse sobre los demás pueblos de la tierra. Pero anuncia que será rechazado por muchos en un mismo pueblo. Ese rechazo de su pueblo amado será como una espada traspasando el corazón de María, que contemplará a su hijo traspasado por las autoridades de su propio pueblo.

La figura del anciano Simeón simboliza las esperanzas y los deseos más profundos del hombre, que se realizan en el encuentro con la salvación. No se trata sólo del honor de ver la salvación que llega, sino del encuentro con alguien, que es el Salvador. Y no es sólo verlo, presenciar su llegada, sino también disfrutarlo, tenerlo entre los brazos, tocarlo. Simeón esperaba el “consuelo” para su pueblo, y en su encuentro con Jesús alcanza el consuelo más profundo de su corazón. Y así como “nadie puede ver a Dios y seguir viviendo”, Simeón afirma que luego de haber visto la luz del Salvador, reflejo de la gloria divina, ya no tiene nada que esperar y puede morir en paz.

Oración:

“Señor, dame la gracia de gozar en tu presencia, de reconocer que estás, pero también de experimentar el consuelo y el gozo de tenerte. Concede a todos los cristianos reconocer que la salvación tan esperada ya ha llegado, está verdaderamente entre nosotros”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día