Dar gloria y alabanza a Dios

Cambio de año

Se multiplican en estas fechas los resúmenes de los sucesos más importantes y los balances del año que acaba. Al hacerlos suele faltar un criterio que es esencial para un cristiano: ¿cómo les ha ido este año a los pobres, a los emigrantes, a los desempleados, a los que ha golpeado en diferentes formas la pandemia, a los más vulnerables de nuestra sociedad? La Navidad nos ha recordado otra vez que Dios, cuando tomó nuestra condición humana, nació, vivió y murió pobre. Y además nos dejó dicho: «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos pequeños, conmigo lo hicisteis».

Crisis económicas, pandemias y desastres naturales siguen produciendo víctimas, descartados y rechazados. Al enfrentar un nuevo año, lo importante es si estamos dispuestos a vivirlo con sinceridad, con coherencia humana y espiritual, con vitalidad. Y preguntarnos si estamos dispuestos a luchar por una vida plena y abundante, como dijo Jesús que nos traía, o nos vamos a contentar con una vida mediocre.

Un nuevo año no son solo fechas en un calendario. Cada día está marcado por una doble esperanza. Cada día, Dios quiere encontrarnos, nos espera, espera algo de nosotros; cada día es una fecha de reencuentro con el Señor en los rostros de personas concretas: hombres y mujeres, niños, adultos, ancianos. Como cristianos estamos llamados a pasar por cada día del nuevo año haciendo el bien, como pasó haciendo el bien Jesús de Nazaret.

Dios nos ayuda en la tarea. Son también para nosotros las palabras de fortaleza y bendición que de parte de Él transmitió Moisés para que los sacerdotes bendijeran al pueblo: «El Señor te bendiga y te proteja (te dé toda clase de dones y te guarde ante las adversidades). Ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor (deseo de que Dios nos otorgue su gracia, sus beneficios). El Señor se fije en ti y te conceda la paz (el mayor fruto de la bendición y la expresión más plena de los bienes que nos ofrece la salvación de Dios)». Es tarea grande y nada fácil lo que espera Dios de nosotros a lo largo de este año.

Comenzamos el año con María

No es casual que comenzamos el año con la fiesta de María Madre de Dios. Tiene un especial significado dedicarle la primera celebración litúrgica del año. Ella es la única que jamás defraudó ni a Dios ni a los hombres; ella también pasó por el mundo no solo haciendo el bien, sino comunicando a todos el Bien que llevaba en sus brazos.

Su maternidad convirtió a María en fuente de bendición para todos nosotros. Nos dice san Pablo: «envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción… así que ya no eres esclavo, sino hijo». María fue el instrumento para que la encarnación de Dios tenga la consecuencia más importante para nosotros: Que somos hijos de Dios no es algo meramente jurídico, afecta a lo más profundo de nuestro ser y nos hace objeto de la bendición de Dios.

No son realidades fáciles de comprender. María recibió el testimonio de alegría de los pastores y lo meditaba en su corazón. Nosotros necesitamos dejar que el misterio de Dios hecho hombre nos inunde y nos transforme, conservar estas cosas y meditarlas. Dios es sorprendente. Estamos, como María, llamados a dejarnos sorprender por Él y, como los pastores, a «dar gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído, tal como les habían dicho».

Y también lo comenzamos orando por la paz

Se celebra este día la Jornada Mundial de la Paz y termina el Mes Dominicano por la Paz, que este año ha puesto su foco sobre la labor de nuestros hermanos y hermanas en Venezuela. El mensaje del papa Francisco desarrolla este año el tema «Educación, trabajo, diálogo entre generaciones: herramientas para construir una paz duradera». Son tres contextos de gran actualidad que el papa identifica sobre los que reflexionar y actuar para responder a: ¿Cómo podemos construir hoy una paz duradera?

El pasado año su mensaje nos llamó a una “cultura del cuidado” para erradicar la cultura de la indiferencia, el descarte y la confrontación, a menudo imperante hoy en día. Este año, según los tres contextos que identifica, podemos preguntarnos ¿Cómo pueden la educación y la formación construir una paz duradera? ¿El trabajo en el mundo responde a las necesidades vitales de justicia y libertad del ser humano? ¿Son las generaciones realmente solidarias entre sí? ¿Creen en el futuro? ¿En qué medida, el gobierno de las sociedades consigue fijar un horizonte de pacificación en este contexto?

Lo cierto es que un cristiano solo puede ser pacífico. Debe construir la paz. Este primer día del año, dedicado a la Santísima Virgen, pidámosle a ella por una paz completa, una paz de todos. No es un sueño, es una realidad posible. Es lo que se contiene en el deseo “¡Feliz año nuevo!” que tanto intercambiamos estos días.

Fray José Antonio Fernández de Quevedo