Jn 15, 9-17 (Evangelio Domingo VI de Pascua)

El Evangelio de este Domingo nos sitúa, otra vez, en Jerusalén, en una noche de Jueves del mes de Nisán del año treinta. La fiesta de la Pascua está muy próxima y la ciudad está llena de forasteros. Jesús también está en la ciudad con su grupo de discípulos.

Hace ya algunos días que las autoridades judías habían decidido eliminar a Jesús (cf. Jn 11,45-57). La muerte en cruz es, ahora, más que una probabilidad: es el escenario inmediato; y Jesús es plenamente consciente de ello. Los discípulos también perciben que están viviendo un momento decisivo. Se manifiestan con miedo. ¿Será que la aventura con Jesús ha llegado a su fin?

Es en este contexto en el que podemos situar la última cena de Jesús con los discípulos. Se trata de una “cena de despedida” y todo lo que ahí sea dicho por Jesús suena a “testamento final”. Jesús sabe que va a partir al Padre y que los discípulos se quedarán en el mundo, continuando y testimoniando el proyecto del “Reino”.

En ese momento de despedida, las palabras de Jesús recuerdan a los discípulos lo esencial del mensaje y les presenta a grandes rasgos ese proyecto que ellos deben continuar realizando en el mundo.

En el texto que se nos propone Jesús señalar a su comunidad (de entonces, pero también de hoy y de siempre) el verdadero “camino del discípulo”, el camino de la unión con Jesús y con el Padre. En la perícopa anterior (cf. Jn 15,1-8) Jesús había utilizado, para tratar el tema, la imagen de los sarmientos (discípulos) que han de dar fruto (misión) por su unión con la vid (Jesús), plantada por el agricultor (Dios); ahora, Jesús habla de los discípulos como “los amigos” que él eligió para colaborar con él en la misión.

En este discurso de despedida de Jesús a los discípulos, Juan nos propone una catequesis donde son presentadas las principales características de ese “camino” que lo discípulos deben recorrer, tras la marcha de Jesús de este mundo. Juan se refiere, de forma especial, a la relación de Jesús con los discípulos y a la misión que los discípulos serán llamados a desempeñar en el mundo.

1. La relación del Padre con Jesús es el modelo de relación de Jesús con los discípulos. El Padre amó a Jesús y le demostró siempre su amor; y Jesús correspondió al amor del Padre, cumpliendo sus mandamientos. De la misma forma, Jesús amó a los discípulos y les demostró siempre su amor; y los discípulos deben corresponder al amor de Jesús, cumpliendo sus mandamientos (v. 9-10)

2. ¿Cuáles son esos mandamientos del Padre que Jesús cumplió con total fidelidad y obediencia? Juan se refiere aquí, evidentemente, al cumplimiento del proyecto de salvación que Dios tenía para los hombres y que confió a Jesús. Jesús, con absoluta fidelidad, cumplió los “mandamientos” del padre y presentó a los hombres una propuesta de salvación. Liberó a los hombres de la opresión de la Ley, luchó contra las estructuras que esclavizaban y mantenían a los hombres prisioneros de las tinieblas; enseñó a los hombres a vivir en el amor, en el amor que se hace servicio, donación, entrega hasta las últimas consecuencias. Les presentó, de esa forma, un camino de libertad y de vida plena. De la acción de Jesús nació el Hombre Nuevo, libre del egoísmo y del pecado, capaz de establecer nuevas relaciones con los demás hombres y con Dios. Los discípulos son el fruto de la obra de Jesús. Ellos forman una comunidad de seres humanos libres, que acogen y enseñan el plan salvador que el Padre les ofreció en Jesús. Ellos nacerán del amor del Padre, amor que se hizo presente en la acción, en los gestos, en las palabras de Jesús.

3. Ahora los discípulos, nacidos de al acción de Jesús, están vinculados a Jesús. Deben, por tanto, cumplir los “mandamientos” de Jesús como Jesús mismo cumplió los “mandamientos” del Padre. Ellos deben, como Jesús, ser testigos de la salvación de Dios y llevar la liberación a los hermanos. Esa propuesta que Jesús hace a los discípulos, es una propuesta que conduce a la vida, a la realización plena, a la alegría (v. 11).

4. La propuesta salvadora que Jesús ofrece a los hombres y de la cual nacerá el Hombre Nuevo, se resume en el amor (“Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado”, v. 12) Jesús amó totalmente, hasta las últimas consecuencias, hasta la donación de la vida (v. 13). Como Jesús, a través del amor, manifestó a los hombres la salvación de Dios, así también deben hacer los discípulos. Ellos deben amarse unos a los otros con un amor que es servicio sencillo y humilde, donación total, entrega radical. De ese amor nace la comunidad del Reino, la comunidad del mundo nuevo, que testimonia, a través del amor, la salvación de Dios. Dios se hace presente en el mundo y actúa para liberar a los hombres a través de ese amor desinteresado, gratuito, total, que tiene la marca de Jesús y que los discípulos están llamados a testimoniar.

5. ¿Cómo es la relación entre Jesús y esa comunidad de Hombres Nuevos que aprenden con Jesús a vivir en el amor y que son los testigos en el mundo de la salvación de Dios? Esta comunidad de hombres nuevos, que ama sin medida y que acepta hacer de la propia vida un don total por los hermanos, es la comunidad de los “amigos” de Jesús (v. 14). La relación que Jesús tiene con los miembros de esa comunidad no es una relación de “señor” y de “siervos”, sino que es una relación de “amigos”, pues el amor puso a Jesús y a los discípulos en el mismo nivel. Jesús continúa siendo el centro del grupo, pero no se pone por encima del grupo. Estos “amigos” colaboran todos en una tarea común. Tienen todos la misma misión (dan testimonio, a través del amor, de la salvación de Dios) y son todos responsables de que la misión se realice. Los discípulos no son empleados a sueldo de un señor, sino amigos que, voluntariamente y llenos de alegría y entusiasmo, colaboran en la tarea. Entre esos “amigos”, hay total comunicación y confianza (el “siervo” no sabe lo que hace su “señor”, en cambio el “amigo” comparte con el otro “amigo” sus planes y proyectos). A sus “amigos”, Jesús les comunicó el proyecto de salvación que el Padre tenía para los hombres y también la forma de realizar ese proyecto (a través del amor, de la entrega, de la donación de la vida). Jesús revela a Dios a los “amigos”, no a través de enunciados sobre el ser de Dios, sino mostrando, con su persona y su actividad, que el Padre es amor sin límites y trabaja en favor de los hombres.

6. Los discípulos (los “amigos”) son los elegidos de Jesús, aquellos que él escogió, llamó y envió al mundo a dar fruto (v. 16a). Eso no significa que Jesús llame a unos y rechace a otros; significa que la iniciativa no es de los discípulos y que su acercamiento en la comunidad del Reino es únicamente una respuesta a la invitación que Jesús le hace. El objetivo de esa llamada, es la misión (“os he elegido para que vayáis y deis fruto”, v. 16b). Jesús no quiere constituir una comunidad cerrada, aislada, vuelta hacia sí misma, sino una comunidad que va al encuentro del mundo, que continúe su obra, que testimonie el amor, que lleve a todos los hombres el proyecto liberador y salvador de Dios. El resultado de la acción de los discípulos de Jesús, será el nacimiento del Hombre Nuevo, esto es, de hombres adultos, libres, responsables, animados por el Espíritu, que reproducen los gestos de amor de Jesús en medio del mundo. De esa forma, se realiza el proyecto salvador de Dios. Ese “fruto” debe permanecer, esto es, debe convertirse en una realidad efectiva y presente en el mundo, capaz de transformar el mundo y la vida de los hombres. Cuanto más fuerte sea la intensidad del vínculo que une a los discípulos con Jesús, más frutos producirá la acción de los discípulos. En esa acción, los discípulos no estarán solos. El amor del Padre y la unión con Jesús sustentarán a los discípulos que, en medio del mundo, se empeñan en realizar el proyecto de salvar al hombre (16c).

7. Nuestro texto termina con una nueva referencia al mandamiento de Jesús: “amaos los unos a los otros” (v. 17). El amor compartido es la condición para estar vinculado a Jesús y dar fruto. Si este mandamiento se cumple, Jesús estará siempre presente al lado de sus discípulos; y, esa presencia, impulsará a la comunidad y la sostendrá en su actividad en favor del hombre.

Las palabra de Jesús a los discípulos en la “cena de despedida” dejan claro, antes de nada, que los discípulos no están solos y perdidos en el mundo, sino que el mismo Jesús estará siempre con ellos, ofreciéndoles a cada instante su vida. Este es la primera gran enseñanza de nuestro texto: la comunidad de Jesús continuará, a lo largo de su marcha por la historia, recibiendo la vida de Jesús y siendo acompañada por él. En los momentos de crisis, de desilusión, de frustración, de persecución no podemos olvidar que Jesús está a nuestro lado, dándonos coraje y esperanza, luchando con nosotros para vencer a las fuerzas de la opresión y de la muerte.

Los discípulos son los “amigos” de Jesús. Jesús los conoce, los llama, comparte con ellos el conocimiento y el proyecto del Padre, los asocia a su misión; establece con ellos una relación de confianza, de proximidad, de intimidad, de comunión. Este tipo de relación que Jesús quiso establecer con los discípulos no excluye, sin embargo, que él continua siendo el centro de referencia, alrededor del cual se construye la comunidad de los discípulos. ¿Jesús es, de hecho, el centro alrededor de quien se articula la vida de nuestras comunidades? ¿Qué lugar es el que ocupa en nuestra vida? ¿En el día a día, cómo desarrollamos y profundizamos en nuestro conocimiento y en nuestra comunión con él?

Formar parte de la comunidad de los “amigos” de Jesús, no es quedarse “mirando al cielo”, contemplando y admirando a Jesús; sino que es aceptar la invitación que Jesús nos hace para colaborar con él en la misión que el Padre le confió y que consiste en dar testimonio en el mundo del proyecto salvador de Dios. A nosotros nos compete, a los “amigos” de Jesús, el mostrar en gestos concretos que Dios ama a cada ser humano y de forma especial a los pobres, a los marginados, a los débiles, a los pequeños, a los oprimidos; nos compete a nosotros, los “amigos” de Jesús, eliminar el sufrimiento, el egoísmo, la miseria, la injusticia, todo lo que oprime y esclaviza a los hermanos y afea el mundo; nos compete a nosotros, los “amigos de Jesús” ser heraldos de la justicia, de la paz, de la reconciliación, del amor; nos compete a nosotros, “amigos” de Jesús, denunciar los seudovalores que oprimen y esclavizan a los hombres. Nosotros, los “amigos” de Jesús, tenemos que ser testigos de ese mundo nuevo que Dios quiso ofrecer a los hombres y que Jesús anunció con su persona, con sus palabra y con sus gestos. ¿Estamos, de hecho disponibles para colaborar con Jesús en esa misión?

Sobre todo, los “amigos” de Jesús deben amar como él amó. Jesús cumplió los “mandamientos” del Padre, esto es, el proyecto de Dios para salvar y liberar a los hombres, haciendo de su vida un entrega total de amor, sin límites ni condiciones; la cruz es la expresión máxima de esa vida vivida exclusivamente para los demás. Y ese es el camino que Jesús propone a sus discípulos (“Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado”). Es aquí donde reside la “identidad” de los discípulos de Jesús. Los cristianos son aquellos que son testigos ante el mundo, con palabra y con gestos, que el mundo nuevo que Dios quiere ofrecer a los hombres, se construye a través del amor. ¿Qué lo que dirige nuestra vida, nuestras opciones, nuestras tomas de posición: el amor, o el egoísmo? ¿Nuestras comunidades son, realmente, anuncios vivos que muestran el amor, o son espacios de conflicto, de división, de lucha por los propios intereses, de realización de proyectos egoístas?