Lc 1, 39-45 (Evangelio Domingo IV de Adviento)

El texto que se nos propone forma parte del llamado “evangelio de la infancia” como un género literario especial, que se puede llamar “homologese”, que es un género que no pretende ser un relato fidedigno de acontecimientos, sino más bien una catequesis destinada a proclamar las realidades salvíficas que la fe proclama sobre Jesús (que es el mesías, el Hijo de Dios, el Dios-con-nosotros).

Se desarrolla en forma de narración y recurre a las técnicas del midrash haggádico (una técnica de lectura e interpretación del Antiguo Testamento utilizada por los rabinos judíos en la época en la que fue escrito el Nuevo Testamento).

La “homologese” utiliza, preferentemente, tipologías: hechos y personas del Antiguo Testamento que encuentran su correspondencia en hechos y personas del Nuevo Testamento. Por el medio, se entremezclan elementos apocalípticos (apariciones, ángeles, sueños), destinados a hacer avanzar la narración y a explicitar las ideas teológicas y la catequesis sobre Jesús.

Esta mezcla de elementos es la que podemos encontrar en el evangelio de hoy: más que de una información “periodística” sobre hechos concretos, se trata de una catequesis sobre Jesús, hecha a partir de un conjunto de referencias sacadas del mensaje y de las promesas del Antiguo Testamento.

La primera referencia, se refiere a que, tras el saludo de María, el niño (Juan Bautista), saltó de alegría en el seno de su madre.

Se trata, evidentemente, de una indicación teológica: para Lucas, Jesús es el Dios que viene al encuentro de los hombres y que tiene un mensaje de salvación/liberación y que realiza las promesas hechas por Dios a los antepasados.

Por otra parte, la presencia de Jesús, provoca alegría; el estremecimiento gozoso de todos aquellos que esperan la realización de las promesas de Dios y que ven en la llegada de Jesús la realización de las promesas de un mundo de justicia, de amor, de paz y de felicidad para todos los hombres.

A través de Jesús, Dios va a ofrecer la salvación a todos; eso provoca un estremecimiento incontrolable de alegría, por parte de todos los que ansían la realización de las promesas de Dios.

Tenemos, después, la respuesta de Isabel al saludo de María: “Bendita tú entre las mujeres”. Se trata de palabras que aparecen en el “cántico de Débora” (cf. Jz 5,24)para exaltar a Jael, la mujer que, a pesar de su fragilidad, fue el instrumento de Dios para liberar al Pueblo de las manos de Sísera, el opresor.

María es, así, presentada, a pesar de su fragilidad, como instrumento de Dios para realizar la salvación/liberación de los hombres.

Finalmente, tenemos la respuesta de María: “mi alma alaba al Señor…”. La respuesta de María retoma un salmo de acción de gracias (cf. Sal 34,4), destinado a dar gracias a Yahvé porque protege a los humildes y les salva, a pesar de la prepotencia de los opresores.

Es un salmo de esperanza y de confianza, que exalta la preocupación de Dios para con los pobres que son víctimas de la injusticia y de la opresión. Se sugiere, claramente, que la presencia de Jesús a través de esa mujer sencilla y frágil que es María, es un signo del amor de Dios, preocupado por traer la liberación a todos los que son víctimas de la prepotencia y de la injusticia de los hombres.

Con Jesús, llegó ese tiempo nuevo de liberación, de paz y de felicidad anunciado por los profetas.

La reflexión de este texto puede tener en cuenta los siguientes puntos:

La presencia de Jesús en este mundo es, claramente, la realización de las promesas de salvación y de liberación hechas por Dios a su Pueblo.
Con Jesús, se anuncia la eliminación de la opresión, de la injusticia, de todo aquello que roba y limita la vida y la felicidad de los hombres.

Jesús, al “nacer” entre nosotros, tiene como misión proponer un mundo donde la justicia, los derechos humanos, la dignidad, la vida y la felicidad de las personas sean absolutamente respetados.
Decir que Jesús, hoy, nace en nuestro mundo, significa proponer este mensaje liberador y salvador.

Nosotros, que somos en el mundo el rostro vivo de Jesús, ¿proponemos esta buena noticia?
Los pobres, los que sufren, todos los que son víctimas de la opresión y suspiran ansiosamente por un mundo nuevo, encuentran en nuestro anuncio esta propuesta?

¿Este mensaje libertador es nuestra propuesta fundamental, o nos dispersamos en propuestas laterales (el dinero que la comunidad tiene en caja para realizar obras en la iglesia, la presentación de nuevos elementos litúrgicos, las cuestiones de organización), que dicen muy poco acerca de lo esencial?

El “estremecimiento” de alegría de Juan Bautista en el seno de Isabel, es el signo de que el mundo espera, con ansiedad una propuesta verdaderamente liberadora.
¿Nosotros, los cristianos, somos verdaderamente el vehículo de este mensaje?

La propuesta liberadora de Dios para los hombres llega al mundo a través de la fragilidad de una mujer (recordad el contexto social de una sociedad patriarcal, donde la mujer pertenece a la clase de los que no gozan de todos los derechos civiles y religiosos) que acepta decir “sí” a Dios.

Es necesario tener conciencia de que es a través de nuestros límites y de nuestra fragilidad como Dios llega a los hombres y propone su proyecto al mundo.

María, después de conocer que va a acoger a Jesús en su seno, va al encuentro de Isabel y se queda con ella, solidaria, hasta el nacimiento de Juan.
¿Tenemos conciencia de que acoger a Jesús es estar atento a las necesidades de los hermanos, ir a su encuentro, compartir con ellos nuestra amistad y ser solidarios con sus necesidades?