Fil 3, 17- 4, 1 (2ª lectura – Domingo II Cuaresma)

Desde la prisión (¿en Éfeso?), Pablo agradece a los filipenses la preocupación manifestada por ellos (enviaron dinero y a un miembro de la comunidad para ayudar a Pablo en su cautiverio), da noticias, les exhorta para que se mantengan fieles y les pone en alerta sobre los falsos predicadores del Evangelio de Jesús. Estamos, probablemente, en el año 56/57.

El texto que se nos propone como segunda lectura forma parte de un largo razonamiento (cf. Flp 3,1-4,1), en el cual Pablo avisa a los filipenses para que tengan cuidado con “los perros”, los “malos obreros”, los “falsos circuncidados” (cf. Flp 3,2).

¿Quiénes son esos a los que Pablo se refiere de una forma tan poco delicada? Muy probablemente son esos cristianos de origen judío (“judaizantes”) que se consideraban los únicos perfectos y detentadores de la verdad, que exigían a lo cristianos el cumplimiento de la Ley de Moisés y que, de esa forma, extendían la confusión en las comunidades cristianas del mundo helénico.

Las duras palabras de Pablo son fruto de su rebelión ante aquellos que, con su intolerancia, con su orgullo y autosuficiencia, confunden a los cristianos y ponen en duda la esencia de la fe (el Evangelio no consiste en el cumplimiento de ritos externos, sino en la adhesión a la propuesta gratuita de salvación que Dios nos hace en Jesús).

Los filipenses tienen ante sí dos posibles y muy diferentes ejemplos a seguir. Uno es el de Pablo, que se considera un corredor de fondo, que ya ha comenzado su carrera, pero que es consciente de que todavía no ha alcanzado la meta; otro es el de esos predicadores “judaizantes” que alardean participar ya, de forma plena y definitiva, del triunfo de Cristo.

Pablo rechaza este triunfalismo y no duda en pedir a los filipenses que no imiten el ejemplo de orgullo de esos predicadores, sino el ejemplo del mismo Pablo.

A los filipenses, y a todos los cristianos, Pablo les avisa de que en ningún caso deben considerarse como atletas victoriosos y coronados de gloria, sino como atletas en plena competición, esperando alcanzar la meta y la victoria.

La salvación no está consumada; se encuentra todavía en proceso de gestación. Es un proceso en el que el cristiano va madurando progresivamente, bajo el signo de la cruz de Cristo.

En cuanto a esos, “su Dios, es el vientre” (Pablo señala aquí, con alguna ironía, las observaciones alimenticias de los “judaizantes”), ponen “su gloria, en sus vergüenzas” (sin duda, la circuncisión, signo de pertenencia al “pueblo elegido”) y “sólo aspiran a cosas terrenas” (algunos piensan que Pablo se refiere, aquí, a ciertas prácticas libertinas), esos han olvidado lo esencial y están condenados a la perdición.

Nuestro destino definitivo, según Pablo, no es un cuerpo corruptible y mortal, sino un cuerpo transfigurado por la resurrección. Como garantía de que será así, tenemos a Jesucristo, Señor y Salvador.

En la reflexión de este texto, tened en cuenta los siguientes aspectos:

En este tiempo de transformación y de liberación, estamos invitados por la Palabra de Dios a tener conciencia de que nuestro caminar, en busca del Hombre Nuevo, no ha concluido; se trata de un proceso que se hace día a día bajo el signo de la cruz, esto es, en una entrega total por amor que supera nuestros esquemas egoístas y cómodos.

Considerarse (como los “judaizantes” de los que habla Pablo) como alguien que ya ha alcanzado la meta de la perfección por la práctica de algunos ritos externos (las normas alimenticias y la circuncisión, en el caso de los “judaizantes”, o las prácticas del ayuno y la abstinencia, para los cristianos), es orgullo y autosuficiencia: significa que todavía no nos damos cuenta de dónde está lo esencial: el cambio del corazón. Sólo la transformación radical del corazón nos conducirá a esa vida nueva, transfigurada por la resurrección.