Jn 8, 1-11 (Evangelio Domingo V de Cuaresma)

Esta pequeña unidad literaria no pertenecía, inicialmente, al Evangelio de Juan: rompe el contexto de Jn 7-8, no tiene las características del estilo de Juan y su contenido no encaja en este Evangelio (que no se interesa por problemas de este género). Además de eso, es omitida por la mayor parte de los manuscritos antiguos; y las referencias de los Padres de la Iglesia a este episodio son muy escasas.

Otros manuscritos lo sitúan dentro del Evangelio, pero en sitios diversos, por ejemplo, al final del mismo, como hacen algunas versiones modernas de la Biblia.

En una serie de manuscritos, la encontramos en el Evangelio de Lucas (después de Lc 21-38), que sería uno de los lugares más adecuados, dado el interés de Lucas por destacar la misericordia de Jesús. Se trata de una tradición independiente que, sin embargo, fue considerada por la Iglesia como inspirada por Dios: no hay duda de que debe ser vista como “Palabra de Dios”.

Sea como sea, el escenario de fondo nos sitúa frente a una mujer sorprendida cometiendo adulterio. De acuerdo con Lv 20,10 y Dt 22,22-24, la mujer debería ser ajusticiada. ¿La Ley debe ser aplicada? Este es el problema que se le platea a Jesús.

Tenemos, por tanto, ante Jesús a una mujer que, de acuerdo con la Ley, había cometido una falta que merecía la muerte.

Para los escribas y fariseos, se trata de una oportunidad de oro para testar la ortodoxia de Jesús y su fidelidad a las exigencias de la Ley; para Jesús, se trata de revelar la actitud de Dios frente al pecado y al pecador.

Presentada la cuestión, Jesús no intenta blanquear el pecado o perdonar el comportamiento de la mujer. Él sabe que el pecado no es un camino aceptable, pues genera infelicidad y quita la paz. Sin embargo, tampoco acepta pactar con una Ley que, en nombre de Dios, genera muerte. Porque los esquemas de Dios son diferentes de los esquemas de la Ley.

Jesús se queda en silencio durante unos momentos y escribe en el suelo, como si pretendiese dar tiempo a los participantes en la escena de comprender lo que estaba sucediendo.

Finalmente, invita a los acusadores a tomar conciencia de que el pecado es una consecuencia de nuestros límites y fragilidades y que Dios entiende eso: “El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra”. Y continúa escribiendo en el suelo, esperando que los acusadores de la mujer interioricen la lógica de Dios, la lógica de la tolerancia y de la comprensión.

Cuando los escribas y fariseos se retiran, Jesús ni siquiera le pregunta a la mujer si está arrepentida: le invita, únicamente, a seguir un camino nuevo, de libertad y de paz: “Anda, y en adelante no peques más”.

La lógica de Dios no es una lógica de muerte, sino una lógica de vida; la propuesta que Dios hace a los hombres a través de Jesús, no pasa por la eliminación de los que yerran, sino por la invitación a una vida nueva, la conversión, la transformación, la liberación de todo aquello que oprime y esclaviza; y destruir o matar en nombre de Dios o en nombre de cualquier moral es una ofensa incalificable a ese Dios de la vida y del amor, que únicamente quiere la realización plena del hombre.

El episodio pone de relieve, por otro lado, la intransigencia y la hipocresía del hombre, siempre dispuesto a juzgar y a condenar a los otros.

Jesús denuncia, aquí, la lógica de aquellos que se sienten perfectos y autosuficientes, sin reconocer que todos estamos en camino y que, en cuanto caminantes, somos imperfectos y limitados.

Es preciso reconocer, con humildad y sencillez, que todos necesitamos de la ayuda del amor y de la misericordia de Dios para llegar a la vida plena del Hombre Nuevo.

La única actitud que tiene sentido, en este esquema, es asumir para con nuestros hermanos la tolerancia y la misericordia que Dios tiene para con todos los hombres.

En la actitud de Jesús, se hace particularmente evidente la misericordia de Dios para con todos aquellos que la teología oficial consideraba marginales.

Los pecadores públicos, los proscritos, los transgresores notorios de la Ley y de la moral encuentran en Jesús un signo del Dios que les ama y que les dice: “Tampoco yo te condeno”.

Sin excluir a nadie, Jesús promovió a los desclasados, les dio dignidad, les hizo personas, los liberó, les indicó el camino de la vida nueva, de la vida plena.

La dinámica de Dios es una dinámica de misericordia, pues sólo el amor transforma y permite la superación de los límites humanos. Esa es la realidad del Reino de Dios.

La reflexión puede hacerse a partir de las siguientes indicaciones:

Nuestro Dios, lo dice de forma clara el Evangelio de hoy, funciona con la lógica de la misericordia y no con la de la Ley.
Dios no quiere la muerte de aquel que erró, sino la liberación plena del hombre. Sólo la misericordia y el amor son capaces de mostrar el sin sentido de la esclavitud y de insuflar esperanza, ansias de superación, deseos de una vida nueva. La fuerza de Dios (esa fuerza que nos proyecta para la vida en plenitud), no se halla en el castigo, sino en el amor.

En nuestro mundo, el fundamentalismo y la intransigencia hablan frecuentemente más alto que el amor: se mata, se oprime, se esclaviza en nombre de Dios; se desacredita, se calumnia, en razón de prejuicios; se margina en nombre de la moral y de las buenas costumbres.

¿Esta lógica (muy lejos de la misericordia y del amor de Dios) nos conduce a algún lugar?
¿La intolerancia alguna vez ha producido alguna cosa, además de violencia, muerte, lágrimas, o sufrimiento?

Cuántas veces en nuestras comunidades cristianas (o religiosas) la absolutización de la ley causa marginación y sufrimiento.
Cuántas veces tiramos piedras a los otros, olvidando nuestros propios tejados de cristal.

Cuántas veces señalamos a los otros con el estigma de la culpa y condenamos a alguna persona en “juicios sumarios” sin concederle el derecho a defenderse. ¿Esta es la lógica de Dios?
¿Qué es lo que nos interesa: la liberación de nuestro hermano, o su hundimiento?

En este camino cuaresmal, hay dos cosas a considerar:
– Dios nos reta a superar todas las realidades que nos esclavizan acompañándolo con su amor y su misericordia;
– y nos invita a desnudarnos de la hipocresía y de la intolerancia, para vestirnos del amor.