Col 3, 1-5. 9-11 (2ª Lectura – Domingo XVIII Tiempo Ordinario)

La segunda lectura de este domingo es, una vez más, un trozo de la Carta a los Colosenses, en la que Pablo polemiza contra los “doctores” para quienes la fe en Cristo debería ser completada con el conocimiento de los ángeles y con ciertas prácticas legalistas y ascéticas. Pablo procura demostrar que la fe en Cristo (entendida como adhesión a Cristo y identificación con él) basta para llegar a la salvación.

Este texto forma parte del apartado moral de la carta (cf. Col 3,1-4,1): ahí Pablo saca las conclusiones prácticas de aquello que afirmó en la primera parte (que Cristo basta para la salvación) y convoca a los colosenses a vivir, el día a día, de acuerdo con esa vida nueva que les ha identificado con Cristo.

El texto que se nos propone está dividido en dos partes.

En la primera (vv. 1-4), Pablo presenta, como punto de partida y como base sólida de la vida cristiana, la unión con Cristo resucitado.

Los cristianos, por el bautismo, se identifican con Cristo resucitado; de esa forma, mueren al pecado y renacen a una vida nueva. Esa vida debe crecer progresivamente, pero se manifestará en su plenitud, cuando Cristo “aparezca” (la Carta a los Colosenses todavía alimenta en los cristianos la espera de la venida gloriosa de Cristo).

En la segunda parte (vv. 5.9-11), Pablo describe las exigencias prácticas de esa identificación con Cristo resucitado. El cristiano debe hacer morir en sí la inmoralidad, la impureza, las pasiones, los malos deseos, en una palabra, todos esos falsos dioses que llenan la vida del hombre viejo; y, por otro lado, debe revestirse del Hombre Nuevo, o sea, debe renovarse continuamente hasta que en él se manifieste la “imagen de Dios” (“sed perfectos como vuestro Padre del cielo es perfecto”, cf. Mt 5,48). Cuando eso suceda, desaparecerán las viejas diferencias de pueblo, raza, religión y todos serán iguales, esto es, “imagen de Dios”. Fue eso lo que Cristo vino a realizar: crear una comunidad de hombres nuevos, que sean en el mundo la “imagen de Dios”. La identificación con Cristo resucitado, que surge del bautismo, es, por tanto, un renacimiento continuo que debe llevarnos a parecernos cada vez más a Dios.

La reflexión y actualización pueden partir de las siguientes cuestiones:

Ser bautizado es, en la perspectiva de Pablo, identificarse con Cristo y, por tanto, renunciar a los mecanismos que generan egoísmo, ambición, injusticia, orgullo, muerte, los mismos que Jesús rechazó como diabólicos; y es, en contrapartida, escoger una vida de donación, de entrega, de servicio, de amor, los mecanismos que llevaron a Jesús a la cruz, pero que también le llevaron a la resurrección.

¿Estoy siendo coherente con las exigencias de mi bautismo?
¿En mi vida hay una opción clara por las “cosas de lo alto”, o esas “cosas de la tierra” (brillantes, sugestivas, pero efímeras) tienen prioridad y condicionan mis acciones?

El objetivo de nuestra vida (ese objetivo que debe estar siempre presente delante de nuestros ojos y que debe constituir la meta hacia la cual caminamos) es, de acuerdo con Pablo, la renovación continua de nuestra vida, a fin de que nos convirtamos en “imagen de Dios”.

¿Aquellos que me rodean consiguen detectar en mi algo de Dios?
¿Qué “imagen de Dios” es la que transmito a quien, cada día, se encuentra conmigo?

La comunidad cristiana es esa familia de hermanos en la que las diferencias (de raza, de cultura, de posición social, de perspectiva política, etc.) son ilusorias, porque lo fundamental es que todos caminen para llegar a ser “imagen de Dios”.
¿Esto es así? ¿En nuestras comunidades (cristianas o religiosas) todos los miembros son tratados con igual dignidad, como “imagen de Dios”?

Conviene no olvidar que la edificación del “Hombre Nuevo” es una tarea que exige una renovación constante, una atención constante, un compromiso constante.
Mientras estamos en este mundo, no podemos cruzarnos de brazos y dar por terminado nuestro caminar hacia la perfección: cada momento nos ofrece nuevos desafíos, que pueden ser superados o que pueden vencernos.

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